Gira… gira… baila… baila… brilla… brilla… hazlo por mí. Sí, por mí...
Los que no sabemos bailar le sonreímos a los que sí. Lo sabes.
Yo no sé bailar. Solo muevo mis extremidades, así, como esas marionetas que se relajan y se dejan llevar por su maestro y el arte que sus manos les impulsa hacer. Sin embargo no tengo vergüenza. Me sonrío. Río. Me río a carcajadas. Y me sonrojo. Y mis ojos brillan, de las lágrimas de felicidad que se acumulan en ellos. Y me miras, y me ves, y a la vez sonreís. Sí. Soy yo. Ese hombre adulto que dentro de él guarda un niño que se vuelve feliz en el momento menos esperado, y te roba el corazón, y te hace sentir en las nubes y te hace pensar que en la vida todo es posible.
Sí… soy yo.
Gira… gira… muévete… muévete… brilla… brilla… ¡brilla mi amor!
lunes, 6 de mayo de 2013
domingo, 30 de septiembre de 2012
#18: La tormenta perfecta
Publicado por
Unknown
Querida tú…
He estado pensando por estos días en lo increíble de las cosas. En la rareza de ellas también. Inclusive, en lo increíble de nuestra relación y en lo raro de la misma. Las relaciones son raras. Supongo que han sido así desde el comienzo de los tiempos, ¿alguna vez te lo has preguntado?... Intuyo que sí.
Hay días que vos y yo somos como el agua y el aceite. Otros, tal vez los menos, como dos nubes en el cielo, que se cruzan, se mezclan, se funden entre sí, y si las miras, parecen una, aunque sea solo por un rato.
Me gusta ese momento. Digo, cuando las dos nubes en un cielo desconocido parecen una sola. No tiene importancia qué tipo de cielo es, tormentoso, límpido, de invierno u otoño. No importa. Tampoco el tipo de nubes. Da lo mismo. Importa el movimiento, la acción, y la escena en sí. No soy del tipo de hombre que busca formas en las nubes; a decir verdad creo que jamás encontré una mísera forma de nada, tan solo todas abstracciones, nada que se asemeje a algo vivo, o al menos a un objeto. En esas pocas veces que fuimos al campo y nos tirábamos en el piso a ver las nubes deberás recordar que yo jamás encontraba formas. Vos sí. Era increíble. Me tomabas la mano, hacías que apuntara con mi dedo índice, y lo movías lentamente, contorneando la figura que tu cabeza y ojos veían, pero que yo no. Era fascinante. Ahí, delante de mi visión nula, estaba esa figura. La reconocía. Era estremecedor. Y vos reías, sonreías, y te alegrabas de haberla encontrado. Esas figuras en las nubes eran tus tesoros. Hoy lo sé.
En los días que siento que somos extraños, ajenos, seres desvinculados, intento razonar el por qué; sin embargo no hay conclusiones palpables. No tenemos por qué ser perfectos. He asumido eso. Nunca lo seríamos. Siempre habría una fisura en donde yo observe tu interior y te sientas vulnerable, y viceversa. Eso se logra con el tiempo en las parejas. No somos la excepción, nunca lo hemos sido. Pero en ese punto sí he razonado, y he concluido que somos como una tormenta perfecta. Desde que nos hemos conocido pasamos de ser una borrasca, para convertirnos por momentos en huracán, y aun sin hundir ningún pesquero en altamar, si nos hundimos en momentos perfectos de los cuales nunca desearíamos salir. Añoro eso. Extraño cuando de la nada surgen tus gestos. Así, como cuando tomas de la copa un sorbo de vino, y por un instante tus labios quedan pegados al borde, y me observas, y una mueca hermosa se dibuja en tus labios, y tus ojos brillan más que de costumbre. Mis sentidos explotan. Siento que la tormenta en ese instante se desata y que caemos los dos, en pleno mar embravecido, muy distantes, entre un oleaje infernal, pero logramos divisarnos, levantar nuestras manos, emitir señales inconfundibles, y luchando, nos acercamos, y al tocar nuestros cuerpos, la tormenta se abre, los vientos huracanados ceden, el cielo comienza a clarear, y el oleaje rezuma tranquilidad.
Supongo que todas las relaciones son extrañas, pues somos seres extraños. Y sostengo que en todas hay una tormenta perfecta que se produce increíblemente en el momento menos esperado. Ese momento, ese punto único en el tiempo, puede durar días, meses, años, o tal vez, ¿por qué no?, toda una vida…
Yo.
(Imagen: http://goo.gl/WSuuD)
jueves, 9 de agosto de 2012
#17: "Cárceles sin carceleros"
Publicado por
Unknown
Querida tú…
Día soleado. Sí, así ha sido el día de hoy. Me la he pasado todo
el día caminando bajo el sol. Me permití salir de este escondite, abrir las
ventanas, las puertas, sacar las plantas, encender sahumerios, respirar hondo,
sonreír. Ha sido un día inserto extrañamente dentro de otros días. Raro para la
época, raro para todo cuanto venía sucediendo.
Caminé mucho por la tarde. Salí sin rumbo, dejándome llevar por
mis pies sin tener un objetivo ni un punto referencial. Caminé por algunos lugares
en donde solíamos encontrarnos, y mientras los transitaba pensaba plenamente en
ti. Eran imágenes tan vívidas, tan intensas, que juraría que estabas ahí. Ahora
que lees este párrafo por un segundo piensa en mí, imagíname caminando por esos
lugares que transitábamos abrazados, riendo, olvidándonos del mundo, y
concéntrate en aquellos días en donde nuestra felicidad se podía sopesar sin
que nos diésemos cuenta. Imagínate allí, tomando mi mano, caminando a mi lado,
escrutándome con tú mirada. Jamás podría olvidar tu mirada…
Después de divagar durante varias horas regresé cuando ya
anochecía. Crucé las vías, y caminé por la calle de tierra que tanto miedo te
daba transitar por las noches. Al llegar a casa cerré puertas, ventanas, entré
las plantas, y algo curioso pasó: una mosca había quedado atrapada dentro y
luchaba por salir, golpeándose una y otra vez contra el vidrio. Lo hacía de
manera mecánica, sostenida, como siempre suelen hacerlo las moscas. Sentí pena
por ella, pero a la vez, me sentí igual a ella. El insecto estaba encarcelado
en una prisión sin carceleros, ignorando que todo cuanto lo rodeaba era la
libertad. Así, del mismo modo que cuando nos cegamos y solo vemos un campo
limitado y nos olvidamos de la periferia. Chocaba una y otra vez contra el
vidrio. Luego volvía. Se detenía un instante, movilizaba sus alas, levantaba
vuelo lentamente y reiniciaba el escape, frustrado, ingenuo, pero al menos
cargado de imperiosa necesidad de salir, de encontrarse nuevamente con el mundo,
con el infinito.
A veces me parezco a la mosca. Siento que soy prisionero en una
cárcel sin carceleros. Solo yo y mi consciencia. Nadie más. Sin embargo me
siento privado de la libertad, y cuando decido buscarla y escapar vuelvo a
caer, una y otra vez, en la misma celda, bajo el mismo encierro, con la misma
asfixia.
Finalmente abrí las hojas de la ventana y la mosca voló hacia el
jardín. Por unos segundos la logré seguir con la mirada hasta que finalmente se
perdió en medio de la oscuridad. Mi acción sirvió para que encontrara la
libertad. Necesitó de ayuda extra para darse cuenta, sino, tal vez hubiera
perecido en el intento.
¿Me pasará lo mismo mientras te espero?, ¿me golpearé una y otra
vez hasta dejarme morir?, ¿vendrás antes y me rescatarás? Tal vez yo mismo haya
cerrado las puertas y autogenerado la asfixia. Suele suceder. Pero si vienes, y
me ves tendido en el piso, rescátame, tiéndeme tu mano y libérame, ayúdame a
escapar de la cárcel y burlar a mis carceleros imaginarios…
Yo.
(Imagen tomada de internet, anónima)
(Imagen tomada de internet, anónima)
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