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jueves, 9 de agosto de 2012

#17: "Cárceles sin carceleros"





Querida tú…



Día soleado. Sí, así ha sido el día de hoy. Me la he pasado todo el día caminando bajo el sol. Me permití salir de este escondite, abrir las ventanas, las puertas, sacar las plantas, encender sahumerios, respirar hondo, sonreír. Ha sido un día inserto extrañamente dentro de otros días. Raro para la época, raro para todo cuanto venía sucediendo.
Caminé mucho por la tarde. Salí sin rumbo, dejándome llevar por mis pies sin tener un objetivo ni un punto referencial. Caminé por algunos lugares en donde solíamos encontrarnos, y mientras los transitaba pensaba plenamente en ti. Eran imágenes tan vívidas, tan intensas, que juraría que estabas ahí. Ahora que lees este párrafo por un segundo piensa en mí, imagíname caminando por esos lugares que transitábamos abrazados, riendo, olvidándonos del mundo, y concéntrate en aquellos días en donde nuestra felicidad se podía sopesar sin que nos diésemos cuenta. Imagínate allí, tomando mi mano, caminando a mi lado, escrutándome con tú mirada. Jamás podría olvidar tu mirada…

Después de divagar durante varias horas regresé cuando ya anochecía. Crucé las vías, y caminé por la calle de tierra que tanto miedo te daba transitar por las noches. Al llegar a casa cerré puertas, ventanas, entré las plantas, y algo curioso pasó: una mosca había quedado atrapada dentro y luchaba por salir, golpeándose una y otra vez contra el vidrio. Lo hacía de manera mecánica, sostenida, como siempre suelen hacerlo las moscas. Sentí pena por ella, pero a la vez, me sentí igual a ella. El insecto estaba encarcelado en una prisión sin carceleros, ignorando que todo cuanto lo rodeaba era la libertad. Así, del mismo modo que cuando nos cegamos y solo vemos un campo limitado y nos olvidamos de la periferia. Chocaba una y otra vez contra el vidrio. Luego volvía. Se detenía un instante, movilizaba sus alas, levantaba vuelo lentamente y reiniciaba el escape, frustrado, ingenuo, pero al menos cargado de imperiosa necesidad de salir, de encontrarse nuevamente con el mundo, con el infinito.

A veces me parezco a la mosca. Siento que soy prisionero en una cárcel sin carceleros. Solo yo y mi consciencia. Nadie más. Sin embargo me siento privado de la libertad, y cuando decido buscarla y escapar vuelvo a caer, una y otra vez, en la misma celda, bajo el mismo encierro, con la misma asfixia.
Finalmente abrí las hojas de la ventana y la mosca voló hacia el jardín. Por unos segundos la logré seguir con la mirada hasta que finalmente se perdió en medio de la oscuridad. Mi acción sirvió para que encontrara la libertad. Necesitó de ayuda extra para darse cuenta, sino, tal vez hubiera perecido en el intento.
¿Me pasará lo mismo mientras te espero?, ¿me golpearé una y otra vez hasta dejarme morir?, ¿vendrás antes y me rescatarás? Tal vez yo mismo haya cerrado las puertas y autogenerado la asfixia. Suele suceder. Pero si vienes, y me ves tendido en el piso, rescátame, tiéndeme tu mano y libérame, ayúdame a escapar de la cárcel y burlar a mis carceleros imaginarios…



Yo. 





(Imagen tomada de internet, anónima)

martes, 31 de julio de 2012

#16: "Lo efímero del amor"




Querida tú:




La palabra sorpresa nunca ha tenido tanto significado para mí como desde hace algunos días. En realidad ha tomado un matiz intenso y lleno de peso. Seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esto, a qué viene, por qué motivo he decidido arrancar así esta carta. Supongo que podría darte muchas explicaciones, pero intentaré elaborar una, y dejarte en claro que hay cosas que el tiempo se encarga de acomodar, de develar y de poner perfectamente en su sitio. La palabra sorpresa esta vez no tiene nada que ver contigo sino con otra persona que una vez visitó días de mi vida, dijo amarme, dijo quererme, y de repente, se esfumó, volviendo a hacer lo que ahora sé que siempre hizo: mentir.

Siempre te ha gustado mi franqueza. Nunca has sido una mujer celosa, y siempre me has invitado a que te cuente cosas de mi vida, una vida anterior a ti, una vida como la de cualquier otro hombre mortal. Pues bien, he aquí que tengo ganas de ello, de contarte algo que, como te dije al principio de esta carta, me he enterado por estos días: cierta vez alguien me amó antes que tú, o al menos dijo hacerlo. Sin embargo, y más allá de haber vivido momentos importantes y pseudo reales con ella, el destino me ha llevado a ver que las puestas en escena saben ser gloriosas para los hombres estúpidos ¿Me crees? Supongo que sí. Estés donde estés sé que ya sabes de quien te hablo. De ella misma, sí, la que piensas, la chica de la sonrisa, la chica que todos querían y deseaban.

Y mi descontento ha sido variopinto. La desilusión inconmensurable. Mentir cuando alguien te da amor es como clavar un cuchillo en tú alma, no en la del otro. Es generar una herida tan profunda como invisible en el momento, que solo será visualizada y vívida cuando el destino lo disponga. Pasa que el destino dispone cuando quiere, y castiga sin que la mano se le vea. Sí. Es así. Esa misma mujer de la que una vez te conté me ha sorprendido… ¿pero quieres saber algo más?: ella lo ignora.

Anoche he subido a la terraza y me he puesto a contemplar el cielo. Aquí hace frío, ya te lo he contado en otras cartas. El invierno se está volviendo más crudo. Los días se han acortado en demasía, pero aun así me gusta contemplar el cielo nocturno y pensar en nada. En la terraza me he encontrado con un grafiti, de esos que escriben los jóvenes cuando quieren expresar sus pensamientos e ideas y comunicárselo a medio mundo. El grafiti rezaba: “el amor es efímero”, y ha sido para mí un verdadero cachetazo en la noche helada. Mis ojos se llenaron de lágrimas que contuve con el pañuelo que me habías regalado para mi último cumpleaños.

Es que esa volatilidad del amor es tan real, tan palpable, que odiaría que se presente entre nosotros… ¿Dónde estás?, ¿dónde estuviste anoche? Necesitaba tú abrazo, y tú mirada. Esa mirada que lo entiende todo y aplaca la bronca y calma las fieras. Bajé después de medianoche de la terraza. Tomé un par de copas de whisky y me tiré en el sofá a escuchar música a bajo volumen. Hay demasiada soledad en los mundos minúsculos. Tanta que a veces quisiera desaparecer…


¿Dónde estás?...




 Yo.





(Imagen de im-buni )

martes, 24 de julio de 2012

#15: "El suave oleaje del recuerdo"





Querida tú:



Hay días, como el de hoy, que despierto pensando en los distintos caminos que he tomado a lo largo de mi vida. No puedo decir cuál ha sido correcto y cuál no, pues debería haberlos tomado a todos  para poder sentenciar ese veredicto. Supongo que puedo decirte que he tomado los que en el preciso instante que se mostraron ante mí decidí eran correctos, ¿pero serían realmente los correctos?...

No lo sé.

Es que hay días que mi subconsciente juega con mi consciencia, los escucho correr por los pasillos de la memoria, por los toboganes de mi corazón, reír a mis espaldas, cuchichear cerca de mis sienes, y sé que traman cosas, o bien confabulan, como tripulantes de un viejo barco ansiosos por una revuelta, por tomar por completo el barco. Son estos días, tal como te he contado, que miro mi vida hacia atrás, observo los pasos, las decisiones, los aciertos, los errores, las trampas, y me digo a mí mismo que lo voy logrando, que no ha sido tan difícil, pero que tampoco fue fácil.

Y hoy me encuentro aquí, en esta cama, analizando mi vida, pensando que acabo de despertar y no estás a mi lado, que la cama es gigantesca, que el silencio es atroz, que hay momentos en la vida de un hombre que preferiría no vivirlos, tan solo saltearlos, evaporarse y materializarse en otro sitio con tal de no soportar el dolor que se siente cuando la soledad te estruja el corazón, cuando los colores ocres de la vida tiñen los pensamientos y muestran a la perfección lo que podría ser y no fue.

Aún conservo el viejo cuadro que pintaste. Está ahí, justo sobre la vieja cómoda, con sus colores intactos y esa escena, tan humana, tan sentida, reviviéndose día a día ante los ojos que han llegado a verla. Ayer ha venido la vecina del octavo piso, me ha traído un par de camisas y pantalones, aludiendo que pertenecían al difunto de su marido y que yo, como soy casi de su talla, podría usarlos, y ella al verme con esa ropa se sentiría feliz y a la vez lo recordaría más vívidamente. He aceptado el obsequio por cortesía, pero no creas que un escalofrío no me ha corrido por la médula. Observo esa ropa doblada cuidadosamente sobre la silla y pienso en el hombre que las usaba, en las decisiones que supo tomar en vida, en cuánto de su impronta iluminó a este mundo. En algún punto todos teñimos con nuestro color interno éste mundo. Dejamos en él rastros inconfundibles de nuestro paso, de nuestra toma de decisiones, de nuestros actos. Tú lo has hecho con este cuadro que observo cada mañana al despertar. Hay mucho de ti en él. Desde la suavidad del oleaje hasta la rompiente de piedras, atravesando el caserío lejano, y el sol pálido ¡Realmente estabas inspirada cuando lo pintaste! Parece mentira que ya han pasado tantos años. Si lo vieras… seguramente una lágrima te afloraría. Los recuerdos tienen mucho poder, tanto que a veces usan más filo que un cuchillo para cortarte en dos.


Me pregunto si aún pintas, si habrá nuevos cuadros colgados en otras paredes, si alguien más se despertará al igual que yo observando una de tus pinturas. Siempre creemos que somos únicos y que solo nosotros podemos vivirlo de ese modo, ¡pero nada más equivocado, querida mía! Solo somos ese pequeño grano de arena, en una playa solitaria dentro de un vasto mar, en un universo infinito. Seguramente habrá otra pintura, otros ojos, y otro corazón que la observe. Y es que eso pertenece a uno de esos caminos con los cuales hoy me desperté analizando, caminos que uno decide recorrer y a veces en vez de acercar te alejan de la gente que amas. Heme aquí, en esta vieja cama, con el corazón arrugado de melancolía, con el recuerdo de tus manos pintando sobre el lienzo, de la postura de tú cuerpo frente al bastidor, de tú silencio de artista magnánimo. Quisiera cerrar los ojos y verte en esta misma habitación pintando, esbozando con colores ese mundo que tus ojos miran y que tú espíritu representa sobre la tela, pero no me es posible, pues ambos elegimos caminos distintos y no sé si algún día volverán a fusionarse…

Aunque tal vez..



Yo.


(Imagen: Sicca )

sábado, 21 de julio de 2012

#14: Lluvia y poesía




Querida Tú:


Desde hace un tiempo deseo leer poesía, y ya sabes como soy, y cuanto me cuesta deambular entre las estrofas y darle un sentido a lo que leo poéticamente. A veces me pregunto si eso alguna vez te llevó a pensar que te alejaría de mí ¿Tal vez? Quisiera pensar que no, ser fuerte, y abastecer mi seguridad con un ¡NO! rotundo, pero he aquí que a veces suelo caminar por el alambre tenso en medio del precipicio de la inseguridad.

Nuestra vieja vecina, la del 6º “B”, ha bajado el otro día y tras abrirle la puerta me ha puesto un viejo libro de poesía en mi pecho. Acepté el libro con una sonrisa que oscilaba entre el agradecimiento y la incredulidad. Sin más se dio la vuelta y volvió a subir las escaleras. He terminado de deducir que nuestra vecina es de pocas palabras, o tal vez sincroniza un canal al cual nosotros nunca estuvimos conectados… al menos yo.

Dejé el libro sobre la mesa ratona y me olvidé por completo del acontecimiento. Los días fueron pasando y cada vez que entraba al departamento observaba el libro, ahí, sobre la mesa, como si estuviese sigilosamente controlando cada uno de mis movimientos, a la espera que me enredase entre sus páginas, cosa que hice, pero recién el pasado domingo por la tarde. Llovía. Sí, como tanto te gusta. Con viento fuerte y chaparrones que caían insistentemente mojándolo todo a su paso. Terminé descubriendo una filtración de agua en la ventana que da al living, y pensé, por un instante, cuanto te extraño en mi vida. Es ahí, en esas cosas insignificantes que tú ausencia me desmiembra y me hace jirones el corazón, ahogándome en pena y melancolía. Contemplé la lluvia por largo rato mientras pasaba de aquí para allá las hojas del libro. Supuse que el libro era de propiedad de nuestra vecina, ¿pero acaso nuestra vecina era una lectora de poesía? Jamás lo hubiera imaginado, ¿y tú? Supongo que tampoco. Pero ya ves, a veces la gente nos sorprende gratamente, dejándonos en completo ridículo, atándonos y amordazándonos por nuestros juicios presurosos.

Leí un par de poesías y se me hizo un nudo en la garganta. Creo que el clima y la hora de la tarde también se confabularon para ello. En ese momento he de confesarte que te extrañé horrores ¿Dónde estarás ahora?, ¿leerás poesía?, ¿escribirás poesía?, ¿lloverá allí donde te encuentras, o el clima será tan árido como mi corazón lo es últimamente? Son tantas las preguntas que mi subconsciente me hace sobre ti que ya he perdido la cuenta. Solo sé que entre la lluvia y la poesía he derrochado lágrimas de tristeza y melancolía, imaginando tú rostro en la humedad del vidrio del ventanal, recordando los buenos tiempos, los tiempos en que los días lluviosos eran sinónimo de alegría y felicidad… ¿Adónde van los días buenos?, ¿acaso lo sabes tú? Yo no. Me lo he preguntado millones de veces y jamás obtuve una respuesta con coherencia. Tal vez se escondan detrás de estrofas de poesía.

Me he dormido con el libro en mi regazo. La lluvia cesó por completo y yo seguía aún dormido. Un fuerte viento sur hizo mover una vieja marquesina y el ruido terminó sobresaltándome. Y allí estaba el anochecer, cayendo lentamente sobre los edificios vecinos, sobre las calles linderas, sobre el gentío desconocido. Asomado a la ventana miraba el movimiento callejero aletargarse junto con el día. Observaba los rostros y de repente caí en la cuenta que buscaba el tuyo. Sí, el tuyo. Busqué desesperadamente pero no estabas allí. No sé donde estabas, no sé donde estás…

Esa noche antes de acostarme tomé el libro y lo puse en la biblioteca. Había decidido que la poesía aún no entra en mi cuerpo como debería entrar. No se mimetiza con mi ser como cuando tú me leías poesía. El mundo cambia, tú mejor que yo lo sabe, y en ese cambio nos sentimos trastocados, con nuestro eje muchas veces oscilando unos cuantos grados, preguntándonos el porqué, o por qué nosotros, pero jamás hay respuestas rápidas, son más bien respuestas escondidas como acertijos, difíciles de descifrar, poderosas de contenido oculto.

¿Algún día volverás a leerme poesía? No me respondas, yo mismo me responderé cada vez que lea un poema, escuche una poesía fluir por el aire o alguien me vuelva a entregar un libro de poesía en mis manos. Será una respuesta instantánea, sin pensamientos. Dará un brinco directo desde mi corazón atravesando todos mis sentimientos, y sí puedo decir que sea cual fuere la respuesta yo estaré feliz, pues aquellos días en que nos amábamos y la poesía giraba en torno a nuestros días siempre perdurarán en mi corazón a modo de estrofas vitales para vivir.


Yo.  


(Imagen: http://goo.gl/VxmiR)

martes, 12 de junio de 2012

#12: Receptividad




Querido(a) Tú:


 Hace mucho no te escribo unas letras, sé que no tengo justificativo, pero tampoco es malo que el tiempo haga jugar nuestra mente, enrosque los sentimientos y movilice los escombros de los recuerdos. Creo que en cierto punto me gusta ese juego. El problema es cuando se vuelve adicción. Si eso pasa enseguida la rutina se convierte en esa mantaraya que todo lo cubre, todo lo atrapa. Claro que no quiero caer en eso contigo, tampoco es mi modelo a seguir el hacerte partícipe en un juego como el que acabo de describirte. Créeme, tan solo me ha sido imposible comunicarme. 

 A veces nos convertimos en presos del destino. Esclavos fieles acatando órdenes sin siquiera preguntarnos por un instante el porqué, la causa, el origen de nuestras acciones. Y es asi como me siento ahora que escribo esto. No te he olvidado, pero el destino a veces juega dentro de mi memoria, flanqueándome el paso, cerrándome cavernas, y evaporando recuerdos. Sé que lo hace, y sé por qué lo hace ¿Alguna vez te ha pasado?, me refiero a sentirse asi, un tanto ultrajado por su manipulación inescrupulosa, por sus juegos para nada risueños, por su modo a veces tan inhumano de movernos en su tablero de ajedrez. Si no lo has experimentado deseo fervientemente que jamás lo haga, pues no es para nada feliz vivenciarlo.


Por aquí han llegado los primeros fríos, la parte más dura del otoño, la que nos va preparando para recibir por completo al invierno. Se nota en los árboles, en la desolación de las plazas, en el abrigo de las personas en las calles, en los atardeceres tempranos y sombríos. Siempre me has dicho que tengo cierta receptividad, y últimamente lo estoy reconociendo en mí. Lo que antes era una sensación extraña que me llevaba a conocer más profundamente a una persona ahora se ha transformado, o mejor dicho se ha expandido, y me permite observar más detenidamente el mundo que me rodea, todo lo que circunscribe mi diario trajinar. Y me gusta. Es como usar unos anteojos especiales, que son capaces de ver lo invisible a los ojos de los demás, así, tal como le explicaba Saint-Exupéry a su personaje de ficción.

Ayer me he sorprendido caminando nuevamente por la fría capital. Recorrí varias cuadras mezclándome con el gentío, observando lugares que hicieron parte de mi historia de vida, viendo escenas fantasmales que en su momento de vivencia fueron gloriosas y emotivas. En cada rincón percibía un guiño del destino y otro del tiempo. Así, entre esos vaivenes, me sorprendió el atardecer temprano de Junio. Al regresar observé la fachada del edificio. Se veía sombría, helada, tal como la noche que se avecinaba. Y es dentro de este departamento donde encuentro la paz necesaria para jugar con las letras, ordenarlas, y decir con la yema de mis dedos lo que mi boca no puede y mi mente grita a rabiar. Tal vez nunca aprendí a comunicarme de otro modo; o tal vez sí, y el modo sea éste, uno perfecto, capaz de dirigir los hilos necesarios para que mi marioneta interior gesticule y comunique, grite y llore, ría y se entristezca. En un abrir y cerrar de ojos todos en algún momento deseamos y debemos comunicarnos. Hacemos un simple “clic” o un gran “crack”, y es ahí en donde se inicia el bendito proceso de evacuación interior, de la emanación del flujo continuo de esa voz interior que nos invita a expresarnos y a vivir la vida del mejor modo que imagines y deseemos.

Quiero decirte que acortaré los tiempos de comunicación, que ya no tendrás que esperar tanto, que si en algún momento pasa un día de más no desesperes, que yo sigo aquí, como siempre, siendo esa misma persona de mirada triste y pensamientos filosos, de carácter fuerte y mente inquieta.

Será un invierno crudo. Lo presiento.



Yo.





(Imagen: pintura de Jorge Rodríguez-Gerada )

martes, 1 de mayo de 2012

#11: Otoño


Querido(a) Tú:


Hay días que extraño momentos vividos en mi pasado. Sucede rara vez que algo así me pase, pero cuando los recuerdos me sobrevienen entonces me pierdo en ellos, me olvido de lo que me rodea, de que el mundo gira en éste ahora, y hasta pierdo la noción del lugar donde estoy. Los recuerdos me llenan de nostalgia. Sana nostalgia. Sin embargo, por lo general, me roban una sonrisa escueta y triste, como añorando con mucho ahínco aquellos momentos, aquellas personas o lugares por los cuales mi vida transitó.

Quisiera poder, de ser posible, extraer de mi mente las imagenes, vivencias, sonidos, sensaciones, que viví a pleno en esos recuerdos. Poder mostrártelos, decirte: «¿Ves?, en ese preciso momento fui felíz», pero no es tan simple. Solo uno mismo puede ver esos momentos, revivirlos y darles el suficiente valor emotivo hasta el punto de que la piel se te erice y el corazón se ponga al galope. Si tal vez para los demás solo sean imagenes incongruentes, sonidos molestos, vivencias superfluas. El mundo no es igual para todos, lo sé, de a poco lo he aprendido.

Hoy he recordado un barrio, allá en la capital. Una tarde, un otoño. Me veo caminando por ese barrio de casas coloniales en un atardecer de otoño, los árboles agitándose por el viento sur, hojas amarillas cayendo por doquier, automóviles que pasan velozmente por el pavimento, personas que desconozco que caminan presurosas huyendo de la noche fría que se avecina. Y estoy allí, felíz, sintiéndome extraño por esa felicidad, algo que no comprendo y que sé que ha comenzado a gestarse en mi interior, delicadamente, sin freno, desbordante, cargado de exaltación. Ahora sé que ha sido la gestación de un bonito recuerdo, el increíble acto  de un momento de mi vida que se guardaría para siempre en la memoria y sería revivido de vez en cuando para cargarme de nostalgia y felicidad.

Seguramente tú también tendrás recuerdos así, en donde la nostalgia y la emotividad avanzan, te atropellan sin pedir permiso, e imponen sus condiciones, a veces tiranas, a veces benévolas. Es ahí, en esos recuerdos, en donde uno siente que ha vivido, que pudo transitar la vida sin perdérselo todo, que al menos algo invisible al resto de las personas fue captado y atrapado por nuestros sentidos para sentirnos vivos y que el pasar por la vida no fue en vano. Era otoño. Lo recuerdo perfectamente ¿Será por eso que amo tanto esa época del año? Tal vez...


Yo.

jueves, 26 de enero de 2012

#8: Yellow


Querido(a) Tú:


Hoy me ha pasado algo extraño. En realidad fue algo que siempre temí que sucediera, y hoy ha sucedido. Hablé con aquella chica que te dije que me gustaba. La encontré de casualidad, mientras caminaba de regreso al departamento. Casi nunca nos encontramos en la calle, pero esta tarde se ha dado. Se veía tan fantástica. Al verla me emocioné. Me es difícil describirte lo que sentí en ese instante, pero imagínate un montón de cosas a la vez, que van desde el nerviosismo clásico que te moviliza cuando alguien te atrae y te gusta, hasta ruborizarme como un tomate apenas ella se percató de mi presencia.

Nos detuvimos en la vereda, sonriéndonos. Empezó a contarme de sus cosas, de su trabajo, de la vida en el barrio, y terminó hablándome de él, del que ahora era su novio. Se la veía tan felíz, tan llena de energía cuando hablaba de ese hombre que en un momento dado sentí una fuerte presión en mi pecho, como si un botón se hubiera accionado dentro de mí, y todas las sensaciones del universo se hubieran descargado con furia por mi torrente sanguíneo y agolpado en mi corazón.

Sí, así de duro fue. Me quedé estático, tan solo asintiendo, sin pronunciar palabra alguna: ella estaba enamorada, o tal vez obnubilada, o lo que sea, por aquel hombre. Después del monólogo me tocó mi parte. Me preguntó por mí, por mi vida, por mis cosas, por mi vida sentimental. Llegado a ese punto hice silencio y me quedé contemplándola, como un estúpido. Sin embargo, fue en ese momento, justo y necesario, que entendí todo: ella nunca había sido mía, jamás se enteró de lo que yo realmente sentía por ella. Nos despedimos con un beso y ambos seguimos caminando en direcciones opuestas.

Al llegar al edificio, mientras ascendía en el ascensor, recapitulé lo sucedido. Inmediatamente me afloró una sonrisa en los labios. Era una especie de liberación: algo dentro de mí había dejado ir a la chica para siempre. No me preguntes qué fue, o cómo fue, tan solo sé que esa sensación me indicó que eso era lo que acababa de suceder.

Ya en el departamento, me tiré en el sofá, encendí el equipo de audio y elegí una canción que me dieron muchísimas ganas de escuchar. Mientras sonaba «Yellow», de Coldplay, la imagen de ella me sobrevino. No te imaginas, era tan clara, tan límpida, que parecía que estuviera allí. Sin embargo cerré los ojos y busqué la oscuridad. Ya habia entendido que ella se había ido... Así, simple, se había ido...


Yo.

martes, 24 de enero de 2012

#7: Tras la lluvia




Querido(a) Tú:


Hoy ha llovido. Poco, pero lo hizo. Apenas comenzaron a caer las primeras gotas me apresuré a sacar una silla y sentarme en el umbral de la puerta a ver llover. Primero llegó el viento, bajando la temperatura de este verano desquiciado, y luego ese olor a tierra mojada que antecede a la lluvia lo impregnó todo, primeramente mis sentidos.

Te reirás seguramente, yo lo hice, me reí como un tonto, pero al momento de percibir ese olor característico a tierra mojada recordé mis primeros años viviendo solo, allá, en la estepa del tiempo. Mientras me sonreía pensaba lo metódica y chiquilina que es la memoria. Hace lo que quiere con nosotros. Atesora y muestra cuando se le da la gana. Es como un niño que juega a las escondidas, cuenta hasta cuando se le da la gana y desenmascara a los escondidos a su antojo.

Aquellos fueron lindos años. No sé si alguna vez te conté. Tal vez sí, tal vez no... es que el tiempo pasa tan rápido. Y hablando del tiempo y de cómo se esfuma ante nuestros ojos, hoy me he acordado, como te decía, de aquellos años de universidad, de soltería empedernida, de aprendizajes forzosos, de melancolía abarrotada, de desarraigo profundo. Entre tanta vorágine de sensaciones y remembranzas aparecía aquella chica de la cual jamás te hablé. No por que me olvidara de su existencia, no. Tan solo por que yo había decidido que jamás volvería a traerla a mi presente. Es que soy de esos hombres que tapan el pasado como el perro al hueso que entierra. De los que dan la vuelta a la hoja del libro cuando están seguros que lo que han leído y vivenciado es justo y suficiente y ya no hay necesidad de volver la página para recordar. Siempre he sido así, creo que lo sabes.

Y ahí estaba la imagen de esa chica y su modo peculiar de entrelazarse con mi vida. Con la mirada perdida en los charcos que la lluvia formaba en el patio de luz, su imagen se acrecentaba y se hacía palpable más y más en mi memoria. Sus ojos, su pelo, su voz, sus gestos. La visión que me sobrevino de ella me causó distintos efectos, algunos tan oscuros como las nubes que se cernían sobre la casa. No obstante, aplicando el filtro que los años dejan en el interior de uno, obtuve un par de escenas vívidas en las cuales considero que fui feliz. Porque después de todo, de eso trata la felicidad, ¿no?, de una concatenación de hermosos momentos.

Llovió hasta el atardecer. Y yo me mantuve ahí, sentado, viendo llover sin casi ver. Es increíble cómo la melancolía te aborda en cuestión de segundos cuando los recuerdos te bombardean. Los días grises son especiales para ello. Se aprovechan de las cuestiones atmosféricas y ponen a prueba ciento por ciento tus sentimientos. Cuando al terminar la tarde la lluvia cesó, un arcoirís cruzó la mitad del cielo perdiéndose en el caserío detrás de la ruta. Un rayo de sol penetró las nubes grises y rápidamente el viento veraniego perforó algunos nubarrones y se llevó a otros. Ya todo había terminado. Con las nubes se fueron también los recuerdos. Tan solo quedó el olor a tierra mojada, a plantas regadas, a vergel saciado, a naturaleza satisfecha.

Metí la silla dentro y caminé hacia el patio. Recorrí la huerta. Admiré los tomates, los pimientos, el nogal. Y allí, casi jugando contra el horizonte, el sol terminó poniéndose y con él un día que hacía tiempo ya había vivido.


Yo.