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lunes, 9 de septiembre de 2013
Sensaciones extrañas
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Unknown
Tengo ese tipo de sensaciones extrañas, que solo se encienden cuando estamos juntos, caminando o en la cama. Reímos, me mirás, te miro. Y ahí, como esas tantas cosas ininteligibles de la vida, aparece, con furor, desde las entrañas más profundas, haciendo que mi ser por completo se movilice y decrete que producís algo especial en mí, algo que me es, hasta el día de hoy, imposible de explicar.
Tampoco todo se debe explicar ¿Cómo se puede explicar un paseo por la linde del bosque en tu compañía? No, no hay verbos ni adjetivos. Todo se queda a medias. Pasa que para los amores verdaderos el lenguaje suele dejar su riqueza y caer en la pobreza ¿Cómo explicar la sensación sentida cuando te veo saltar sobre las piedras del río, sonriendo, alegre, en tu propio universo? Jamás lo he podido.
Las sensaciones extrañas, quiero que lo sepas, me abordan a menudo. Me asaltan sin previo aviso y me arrinconan contra las paredes de esas cavernas tan oscuras que tiene mi memoria. Muchas de esas paredes fueron construidas por vos… por mí. Hay una arquitectura básica y una mano de obra pesada en ellas. Esas paredes están impregnadas de sensaciones. Se parecen a cuadros de pintores de renombre pero que jamás vieron la luz. Ahí, justo en esas paredes, está escrita nuestra historia.
La gente jamás entendería lo que siento cuando te veo conducir el automóvil, cuando me sonreís de soslayo, o cuando apoyas tu cabeza en mi pecho mientras caminamos por la calle en las noches heladas de invierno. La gente tampoco tiene porqué entenderlo. En realidad ni yo lo logro entender. Hay cosas que por más que quieran explicarse se niegan a ello, y tan solo tenemos las sensaciones para poder decir: “sí, es eso, es algo como eso…”
lunes, 6 de mayo de 2013
Nubes
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Unknown
Hoy he despertado sintiéndome vacío. Sí, vacío. Así, como si estuviera en el espacio… ¿Has estado en el espacio?... ¿No?... Yo tampoco, pero lo imagino. Puedo imaginar cosas, lo sabes, te lo he dicho muchas veces. Me imagino en el espacio, vacío, inerte, sin vida. Y a su vez me imagino vivo, feliz, sentado en un campo, con mi perro al lado y ambos recibiendo el viento sur en nuestro rostro. La vida tiene esas facetas tan simples y complejas a la vez. Es como una moneda: cara, cruz…
A pesar del vacío me sonrío por estar vivo. Siempre te he dicho que amo la vida. No me importan los golpes, ni las lastimaduras, ni los escombros que puedan caer sobre mis hombros. No. No importan.
Anoche, de madrugada, estuve escuchando una canción de Andrés Calamaro, “Tu me estás atrapando otra vez”… ¿te acordás de ella? Sí… esa misma. Me vulnerabiliza. Me expone. Soy una bandera flameando en medio del tsunami.
Te diría cómo se ven las nubes en este instante a través de la ventana de mi habitación, pero dirías que suena cursi, que es cosa de escritores, que es cosa de esos tipos que enamoran con palabras pero que en su viva realidad jamás demuestran nada. No importa. Las nubes se ven esponjosas, recortadas, y matizadas por grises y dorados. Me gustan.
Cortaría un pedazo de nube y te lo regalaría… sí… tan solo para que me sonrías, así, como lo sabes hacer… tan solo para mí.
A pesar del vacío me sonrío por estar vivo. Siempre te he dicho que amo la vida. No me importan los golpes, ni las lastimaduras, ni los escombros que puedan caer sobre mis hombros. No. No importan.
Anoche, de madrugada, estuve escuchando una canción de Andrés Calamaro, “Tu me estás atrapando otra vez”… ¿te acordás de ella? Sí… esa misma. Me vulnerabiliza. Me expone. Soy una bandera flameando en medio del tsunami.
Te diría cómo se ven las nubes en este instante a través de la ventana de mi habitación, pero dirías que suena cursi, que es cosa de escritores, que es cosa de esos tipos que enamoran con palabras pero que en su viva realidad jamás demuestran nada. No importa. Las nubes se ven esponjosas, recortadas, y matizadas por grises y dorados. Me gustan.
Cortaría un pedazo de nube y te lo regalaría… sí… tan solo para que me sonrías, así, como lo sabes hacer… tan solo para mí.
Baila... baila...
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Unknown
Gira… gira… baila… baila… brilla… brilla… hazlo por mí. Sí, por mí...
Los que no sabemos bailar le sonreímos a los que sí. Lo sabes. Yo no sé bailar. Solo muevo mis extremidades, así, como esas marionetas que se relajan y se dejan llevar por su maestro y el arte que sus manos les impulsa hacer. Sin embargo no tengo vergüenza. Me sonrío. Río. Me río a carcajadas. Y me sonrojo. Y mis ojos brillan, de las lágrimas de felicidad que se acumulan en ellos. Y me miras, y me ves, y a la vez sonreís. Sí. Soy yo. Ese hombre adulto que dentro de él guarda un niño que se vuelve feliz en el momento menos esperado, y te roba el corazón, y te hace sentir en las nubes y te hace pensar que en la vida todo es posible.
Sí… soy yo.
Gira… gira… muévete… muévete… brilla… brilla… ¡brilla mi amor!
Los que no sabemos bailar le sonreímos a los que sí. Lo sabes. Yo no sé bailar. Solo muevo mis extremidades, así, como esas marionetas que se relajan y se dejan llevar por su maestro y el arte que sus manos les impulsa hacer. Sin embargo no tengo vergüenza. Me sonrío. Río. Me río a carcajadas. Y me sonrojo. Y mis ojos brillan, de las lágrimas de felicidad que se acumulan en ellos. Y me miras, y me ves, y a la vez sonreís. Sí. Soy yo. Ese hombre adulto que dentro de él guarda un niño que se vuelve feliz en el momento menos esperado, y te roba el corazón, y te hace sentir en las nubes y te hace pensar que en la vida todo es posible.
Sí… soy yo.
Gira… gira… muévete… muévete… brilla… brilla… ¡brilla mi amor!
domingo, 30 de septiembre de 2012
#18: La tormenta perfecta
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Unknown
Querida tú…
He estado pensando por estos días en lo increíble de las cosas. En la rareza de ellas también. Inclusive, en lo increíble de nuestra relación y en lo raro de la misma. Las relaciones son raras. Supongo que han sido así desde el comienzo de los tiempos, ¿alguna vez te lo has preguntado?... Intuyo que sí.
Hay días que vos y yo somos como el agua y el aceite. Otros, tal vez los menos, como dos nubes en el cielo, que se cruzan, se mezclan, se funden entre sí, y si las miras, parecen una, aunque sea solo por un rato.
Me gusta ese momento. Digo, cuando las dos nubes en un cielo desconocido parecen una sola. No tiene importancia qué tipo de cielo es, tormentoso, límpido, de invierno u otoño. No importa. Tampoco el tipo de nubes. Da lo mismo. Importa el movimiento, la acción, y la escena en sí. No soy del tipo de hombre que busca formas en las nubes; a decir verdad creo que jamás encontré una mísera forma de nada, tan solo todas abstracciones, nada que se asemeje a algo vivo, o al menos a un objeto. En esas pocas veces que fuimos al campo y nos tirábamos en el piso a ver las nubes deberás recordar que yo jamás encontraba formas. Vos sí. Era increíble. Me tomabas la mano, hacías que apuntara con mi dedo índice, y lo movías lentamente, contorneando la figura que tu cabeza y ojos veían, pero que yo no. Era fascinante. Ahí, delante de mi visión nula, estaba esa figura. La reconocía. Era estremecedor. Y vos reías, sonreías, y te alegrabas de haberla encontrado. Esas figuras en las nubes eran tus tesoros. Hoy lo sé.
En los días que siento que somos extraños, ajenos, seres desvinculados, intento razonar el por qué; sin embargo no hay conclusiones palpables. No tenemos por qué ser perfectos. He asumido eso. Nunca lo seríamos. Siempre habría una fisura en donde yo observe tu interior y te sientas vulnerable, y viceversa. Eso se logra con el tiempo en las parejas. No somos la excepción, nunca lo hemos sido. Pero en ese punto sí he razonado, y he concluido que somos como una tormenta perfecta. Desde que nos hemos conocido pasamos de ser una borrasca, para convertirnos por momentos en huracán, y aun sin hundir ningún pesquero en altamar, si nos hundimos en momentos perfectos de los cuales nunca desearíamos salir. Añoro eso. Extraño cuando de la nada surgen tus gestos. Así, como cuando tomas de la copa un sorbo de vino, y por un instante tus labios quedan pegados al borde, y me observas, y una mueca hermosa se dibuja en tus labios, y tus ojos brillan más que de costumbre. Mis sentidos explotan. Siento que la tormenta en ese instante se desata y que caemos los dos, en pleno mar embravecido, muy distantes, entre un oleaje infernal, pero logramos divisarnos, levantar nuestras manos, emitir señales inconfundibles, y luchando, nos acercamos, y al tocar nuestros cuerpos, la tormenta se abre, los vientos huracanados ceden, el cielo comienza a clarear, y el oleaje rezuma tranquilidad.
Supongo que todas las relaciones son extrañas, pues somos seres extraños. Y sostengo que en todas hay una tormenta perfecta que se produce increíblemente en el momento menos esperado. Ese momento, ese punto único en el tiempo, puede durar días, meses, años, o tal vez, ¿por qué no?, toda una vida…
Yo.
(Imagen: http://goo.gl/WSuuD)
martes, 24 de julio de 2012
#15: "El suave oleaje del recuerdo"
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Unknown
Querida tú:
Hay días, como el de
hoy, que despierto pensando en los distintos caminos que he tomado a lo largo
de mi vida. No puedo decir cuál ha sido correcto y cuál no, pues debería
haberlos tomado a todos para poder
sentenciar ese veredicto. Supongo que puedo decirte que he tomado los que en el
preciso instante que se mostraron ante mí decidí eran correctos, ¿pero serían
realmente los correctos?...
No lo sé.
Es que hay días que
mi subconsciente juega con mi consciencia, los escucho correr por los pasillos
de la memoria, por los toboganes de mi corazón, reír a mis espaldas, cuchichear
cerca de mis sienes, y sé que traman cosas, o bien confabulan, como tripulantes
de un viejo barco ansiosos por una revuelta, por tomar por completo el barco.
Son estos días, tal como te he contado, que miro mi vida hacia atrás, observo
los pasos, las decisiones, los aciertos, los errores, las trampas, y me digo a
mí mismo que lo voy logrando, que no ha sido tan difícil, pero que tampoco fue
fácil.
Y hoy me encuentro
aquí, en esta cama, analizando mi vida, pensando que acabo de despertar y no
estás a mi lado, que la cama es gigantesca, que el silencio es atroz, que hay
momentos en la vida de un hombre que preferiría no vivirlos, tan solo
saltearlos, evaporarse y materializarse en otro sitio con tal de no soportar el
dolor que se siente cuando la soledad te estruja el corazón, cuando los colores
ocres de la vida tiñen los pensamientos y muestran a la perfección lo que
podría ser y no fue.
Aún conservo el
viejo cuadro que pintaste. Está ahí, justo sobre la vieja cómoda, con sus
colores intactos y esa escena, tan humana, tan sentida, reviviéndose día a día
ante los ojos que han llegado a verla. Ayer ha venido la vecina del octavo piso,
me ha traído un par de camisas y pantalones, aludiendo que pertenecían al
difunto de su marido y que yo, como soy casi de su talla, podría usarlos, y
ella al verme con esa ropa se sentiría feliz y a la vez lo recordaría más
vívidamente. He aceptado el obsequio por cortesía, pero no creas que un
escalofrío no me ha corrido por la médula. Observo esa ropa doblada
cuidadosamente sobre la silla y pienso en el hombre que las usaba, en las
decisiones que supo tomar en vida, en cuánto de su impronta iluminó a este
mundo. En algún punto todos teñimos con nuestro color interno éste mundo. Dejamos
en él rastros inconfundibles de nuestro paso, de nuestra toma de decisiones, de
nuestros actos. Tú lo has hecho con este cuadro que observo cada mañana al
despertar. Hay mucho de ti en él. Desde la suavidad del oleaje hasta la
rompiente de piedras, atravesando el caserío lejano, y el sol pálido ¡Realmente
estabas inspirada cuando lo pintaste! Parece mentira que ya han pasado tantos
años. Si lo vieras… seguramente una lágrima te afloraría. Los recuerdos tienen
mucho poder, tanto que a veces usan más filo que un cuchillo para cortarte en
dos.
Me pregunto si aún pintas, si habrá nuevos cuadros colgados en otras paredes,
si alguien más se despertará al igual que yo observando una de tus pinturas.
Siempre creemos que somos únicos y que solo nosotros podemos vivirlo de ese
modo, ¡pero nada más equivocado, querida mía! Solo somos ese pequeño grano de arena,
en una playa solitaria dentro de un vasto mar, en un universo infinito.
Seguramente habrá otra pintura, otros ojos, y otro corazón que la observe. Y es
que eso pertenece a uno de esos caminos con los cuales hoy me desperté analizando,
caminos que uno decide recorrer y a veces en vez de acercar te alejan de la
gente que amas. Heme aquí, en esta vieja cama, con el corazón arrugado de
melancolía, con el recuerdo de tus manos pintando sobre el lienzo, de la
postura de tú cuerpo frente al bastidor, de tú silencio de artista magnánimo.
Quisiera cerrar los ojos y verte en esta misma habitación pintando, esbozando
con colores ese mundo que tus ojos miran y que tú espíritu representa sobre la
tela, pero no me es posible, pues ambos elegimos caminos distintos y no sé si
algún día volverán a fusionarse…
Aunque tal vez..
Yo.
(Imagen: Sicca )
sábado, 21 de julio de 2012
#14: Lluvia y poesía
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Unknown
Querida Tú:
Desde hace un tiempo deseo leer poesía, y ya sabes como soy, y cuanto me cuesta deambular entre las estrofas y darle un sentido a lo que leo poéticamente. A veces me pregunto si eso alguna vez te llevó a pensar que te alejaría de mí ¿Tal vez? Quisiera pensar que no, ser fuerte, y abastecer mi seguridad con un ¡NO! rotundo, pero he aquí que a veces suelo caminar por el alambre tenso en medio del precipicio de la inseguridad.
Nuestra vieja vecina, la del 6º “B”, ha bajado el otro día y tras abrirle la puerta me ha puesto un viejo libro de poesía en mi pecho. Acepté el libro con una sonrisa que oscilaba entre el agradecimiento y la incredulidad. Sin más se dio la vuelta y volvió a subir las escaleras. He terminado de deducir que nuestra vecina es de pocas palabras, o tal vez sincroniza un canal al cual nosotros nunca estuvimos conectados… al menos yo.
Dejé el libro sobre la mesa ratona y me olvidé por completo del acontecimiento. Los días fueron pasando y cada vez que entraba al departamento observaba el libro, ahí, sobre la mesa, como si estuviese sigilosamente controlando cada uno de mis movimientos, a la espera que me enredase entre sus páginas, cosa que hice, pero recién el pasado domingo por la tarde. Llovía. Sí, como tanto te gusta. Con viento fuerte y chaparrones que caían insistentemente mojándolo todo a su paso. Terminé descubriendo una filtración de agua en la ventana que da al living, y pensé, por un instante, cuanto te extraño en mi vida. Es ahí, en esas cosas insignificantes que tú ausencia me desmiembra y me hace jirones el corazón, ahogándome en pena y melancolía. Contemplé la lluvia por largo rato mientras pasaba de aquí para allá las hojas del libro. Supuse que el libro era de propiedad de nuestra vecina, ¿pero acaso nuestra vecina era una lectora de poesía? Jamás lo hubiera imaginado, ¿y tú? Supongo que tampoco. Pero ya ves, a veces la gente nos sorprende gratamente, dejándonos en completo ridículo, atándonos y amordazándonos por nuestros juicios presurosos.
Leí un par de poesías y se me hizo un nudo en la garganta. Creo que el clima y la hora de la tarde también se confabularon para ello. En ese momento he de confesarte que te extrañé horrores ¿Dónde estarás ahora?, ¿leerás poesía?, ¿escribirás poesía?, ¿lloverá allí donde te encuentras, o el clima será tan árido como mi corazón lo es últimamente? Son tantas las preguntas que mi subconsciente me hace sobre ti que ya he perdido la cuenta. Solo sé que entre la lluvia y la poesía he derrochado lágrimas de tristeza y melancolía, imaginando tú rostro en la humedad del vidrio del ventanal, recordando los buenos tiempos, los tiempos en que los días lluviosos eran sinónimo de alegría y felicidad… ¿Adónde van los días buenos?, ¿acaso lo sabes tú? Yo no. Me lo he preguntado millones de veces y jamás obtuve una respuesta con coherencia. Tal vez se escondan detrás de estrofas de poesía.
Me he dormido con el libro en mi regazo. La lluvia cesó por completo y yo seguía aún dormido. Un fuerte viento sur hizo mover una vieja marquesina y el ruido terminó sobresaltándome. Y allí estaba el anochecer, cayendo lentamente sobre los edificios vecinos, sobre las calles linderas, sobre el gentío desconocido. Asomado a la ventana miraba el movimiento callejero aletargarse junto con el día. Observaba los rostros y de repente caí en la cuenta que buscaba el tuyo. Sí, el tuyo. Busqué desesperadamente pero no estabas allí. No sé donde estabas, no sé donde estás…
Esa noche antes de acostarme tomé el libro y lo puse en la biblioteca. Había decidido que la poesía aún no entra en mi cuerpo como debería entrar. No se mimetiza con mi ser como cuando tú me leías poesía. El mundo cambia, tú mejor que yo lo sabe, y en ese cambio nos sentimos trastocados, con nuestro eje muchas veces oscilando unos cuantos grados, preguntándonos el porqué, o por qué nosotros, pero jamás hay respuestas rápidas, son más bien respuestas escondidas como acertijos, difíciles de descifrar, poderosas de contenido oculto.
¿Algún día volverás a leerme poesía? No me respondas, yo mismo me responderé cada vez que lea un poema, escuche una poesía fluir por el aire o alguien me vuelva a entregar un libro de poesía en mis manos. Será una respuesta instantánea, sin pensamientos. Dará un brinco directo desde mi corazón atravesando todos mis sentimientos, y sí puedo decir que sea cual fuere la respuesta yo estaré feliz, pues aquellos días en que nos amábamos y la poesía giraba en torno a nuestros días siempre perdurarán en mi corazón a modo de estrofas vitales para vivir.
Yo.
(Imagen: http://goo.gl/VxmiR)
lunes, 25 de junio de 2012
#13: Frío
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Unknown
Querido(a) Tú:
Hace frío. Creo que ya sabes que por estos lares el invierno ha llegado hace poco descargando su ira, su modo tan particular, su manera de expresar que él está, como siempre, cobijándonos con su manto los mismos meses, de cada año. No han llegado cartas tuyas, y es por eso que mi angustia se ha acrecentado. Se me hace difícil. Muy.
Anoche he caminado por el barrio y he llegado hasta la costanera. Me detuve en el puente... nuestra parada, ¿lo recuerdas? Siempre dejamos recuerdos como marcas por si nos perdemos. Así, como si fuéramos víctimas de un asesino neurótico que nos corre en medio de un bosque inhabitado. Dejamos marcas por doquier. Yo he dejado las mías en tí, tú has dejado las propias en mí. No cualquiera deja marcas en mí. No porque no pueda, sino porque mi piel no las recepta. Y no hablo de marcas sexuales, ni tampoco de cursilerías amorosas, no, hablo de las verdaderas marcas, de esas que son pegajosas a la razón y a la inteligencia, que se hacen un picnic con los sentimientos y que se ubican en la mejor caverna de nuestra memoria. De esas marcas especiales hay pocas. Y mucho menos son quienes nos las dejan. Tú eres una de esas personas. Nunca lo dudes... ¿ok?
Mientras estaba en el puente sentí mucho frío. Estaba solo, sin nadie a la vista. Detrás de mí las luces de la ciudad, en frente, el río. El agua corría mansamente, el murmullo de su movimiento era casi imperceptible. Durante un largo rato me sumí en pensamientos. Horadé las cavernas de mi memoria y me retrotraje en el tiempo. Odié hacerlo. No es bueno. Nunca es bueno adentrarse en las cavernas sin una verdadera razón, sin una luz que nos acompañé y nos evite las sorpresas, los momentos inesperados que sorprenden por su dureza. Fue entonces que dentro de esa maraña de recuerdos sopesé a las personas que son cicatrices en mí. El aire frío ingresándome por la nariz, el brillo del reflejo de la luna sobre el agua, el sonido constante del casco céntrico de la ciudad, el tiempo malgastado en personas que no valieron la pena. Tú sabes a qué me refiero. Sabes de personas que te han hecho perder el tiempo. Sí... bien que lo sabes.
Así permanecí hasta escuchar las campanadas de la iglesia. Eran las dos de la madrugada. Volví caminando lentamente a casa ¿Recuerdas nuestras caminatas? Sí, nos encantaba caminar y charlar. Extraño tus puntos de vista, el modo de sonreír en los momentos difíciles y tu ojo crítico para con las personas: acertabas a primeras, sabías a la perfección quién valía la pena y quién no. Esa, tu virtud, era tú propio as de espadas para conmigo ¿Será que algunas personas son más transparentes que otras? Tal vez. Supongo que siempre lo has visto así. Inclusive a mí ¿De cuál grado será mi transparencia? No me digas... no quiero saberlo.
Al llegar a casa encendí la radio. Pasaban un programa musical donde se podían escuchar tangos, boleros y música melódica. Me sonó a música para retrotraerse, para caer presa de los recuerdos. Me acosté con esa música como compañía y tú recuerdo en mi mente. En la noche fría ambas cosas eran lo mejor, la compañía ideal para esperar el sueño y caer rendido. Sin embargo, no estabas. Te echo de menos. La distancia no es un problema, siempre lo has sabido. No lo es para mí, no lo es para tí. Sí lo es para el resto, pero de eso no nos hacemos cargo, y lo sabes. Mientras cerraba los ojos me parecía escuchar el murmullo del agua pasar por debajo del puente, contándome historias, hablándome de viejos recuerdos, susurrándome en los oídos secretos del vivir. Enseguida debo de haberme dormido.
Al amanecer algo me despertó. Sin embargo no había nada extraño en la habitación. Tenues rayos de sol se colaban por la ventana inundandolo todo. Y ahí estabas, inmortalizada tu figura en el viejo portarretratos, con tu sonrisa tan bella, tu cara aniñada, y tu pelo lacio que siempre me encantó. Creéme, siempre te tengo presente, inclusive los días que no puedo escuchar tu voz ni mirar el brillo de tus ojos. Habitas dentro de mí como parte de un todo que me conforma y que me permite levantarme y vivir un nuevo día. Me gusta que así sea...
Yo.
(Imagen de Naomi Wilkinson)
lunes, 13 de febrero de 2012
#10: No more i love you's
Publicado por
Unknown
Querido(a) Tú:
Tuve un sueño. Ayer, de madrugada. Me desperté
con la boca seca, el pelo revuelto, y mi pecho sudado. Soñé que hacía el amor
con una chica desconocida. Sí, tal cual, con una chica desconocida, alguien con
quien nunca hice el amor. Fue un sueño demasiado erótico para un hombre de mi
edad, tanto que hasta pensé, al despertarme, ojalá estuviera aquí. Pero no,
nunca estuvo allí… y tal vez jamás lo esté.
Volví a dormirme. Volví a soñar.
Ahora estaba en el cielo, entre unas densas nubes
que rodeaban a una luna incandescente, altiva, coronada por una aureola de
humedad. Y ahí estaba yo, nuevamente, junto a la chica del sueño erótico, solo
que ésta vez ambos caminábamos por un puente en el cielo, tomados de la mano,
mirándonos, sonriendo ingenuamente, aun sin conocernos.
Te estarás preguntando por qué lo que te cuento
parece tan ridículo, tan agarrado de los pelos, pero ni yo sé explicártelo. Sé
que ambos sentíamos, en la presión que nuestras manos ejercían una con la otra,
mucha intensidad, una fluctuación de energía que además de llamarnos la
atención nos indicaba que éramos compatibles, que ese fluir invisible era
algo infinito y universal en ambos.
A eso de las 6:00 a.m. desperté, encendí la luz
del velador, tomé un libro, lo abrí en la página que había acabado mi última
lectura e intenté concentrarme en su historia. Leía, intentaba concentrarme,
pero enseguida la imagen de aquella chica misteriosa abarcaba toda la amplitud
de mi mente. Iba de principio a fin, de arriba hacia abajo, lo completaba todo
¿Quién eres?, deseaba preguntar ¿Te conozco?... tal vez sí…
No me creerás pero hoy me he despertado pensando
que los sueños tienen, en algún lugar de nuestro subconsciente, cierto
fundamento. Sí. Tal vez (no puedo asegurártelo), yo he deseado a esa chica, la
he amado, o hasta hemos sido almas fusionadas ¿Por qué no?, ¡imagínate!, sería
maravilloso saber que uno puede conectarse con personas a las que amó en otras
vidas, a las que desea en ésta vida, a las que deseará en otras futuras vidas.
Tal vez esa chica pertenezca a alguno de esos subconjuntos. Sí, seguramente.
He encendido el equipo de audio, es que quiero
escuchar música que me haga olvidar ese sueño que no me lleva a ningún sitio.
Sin embargo escucho “No more i love you’s” de Annie Lennox, y parece que todo flota
en el aire, que las cosas se distorsionan y pierden su volumen, que el aire se
enrarece, que mis sentimientos se hiperconectan con todo a su alrededor, que
las imágenes que he soñado anoche fueran parte del éter, parte de esta vida mía
que tanto disfruto y me agrada vivir.
Hay monstruos. Sí, hay monstruos. Los reconozco.
Se maquillan, se me acercan sigilosamente, me intentan seducir, decirme cuán
importante soy para ellos, y hasta sus ojos veo brillar en la oscuridad de mi
subconsciente. Pero no cedo. No. Aquí estoy. Como siempre, tal como me conoces.
Pues prefiero los sueños, vivir en esos parajes de ensueños, en esos mundos de
excitaciones idílicas, de sensaciones extracorpóreas que parecen unificarte y
hacerte una sola unidad con el universo. No temo a los monstruos. No. Los
monstruos siempre vivirán en mí. Lo sabes, lo sé.
Tal vez no haya más “te amo”, pero sí seguirán
habiendo sueños. Seguirán esas sensaciones nocturnas de beneplácito, de alegría,
de mundos soñados, de relaciones deseadas, de locura sin control. No me
atemorizan ya los monstruos, sé que puedo soñar, que puedo leer poesía como
solía hacerlo contigo, que puedo mimetizarme con un personaje de novela, que
puedo cerrar los ojos y sentir que despego, que me elevo, y dejo de ser éste
yo, para ser alguien más puro, simple y
cargado de deseos.
Yo.
jueves, 26 de enero de 2012
#8: Yellow
Publicado por
Unknown
Querido(a) Tú:
Hoy me ha pasado algo extraño. En realidad fue algo que siempre temí que sucediera, y hoy ha sucedido. Hablé con aquella chica que te dije que me gustaba. La encontré de
casualidad, mientras caminaba de regreso al departamento. Casi nunca nos encontramos en la calle, pero esta tarde se ha dado. Se veía tan fantástica. Al verla me emocioné. Me es difícil describirte lo que sentí en ese
instante, pero imagínate un montón de cosas a la vez, que van desde el nerviosismo clásico que te moviliza cuando alguien te atrae y te gusta, hasta ruborizarme como un tomate apenas ella se percató de mi presencia.
Nos detuvimos en la vereda, sonriéndonos. Empezó a contarme de sus cosas, de su trabajo, de la vida en el barrio, y terminó hablándome de él, del que ahora era su novio.
Se la veía tan felíz, tan llena de energía cuando hablaba de ese hombre que en un momento dado sentí una fuerte presión en mi pecho, como si un botón se hubiera accionado dentro de mí, y todas las sensaciones del universo
se hubieran descargado con furia por mi torrente sanguíneo y agolpado en mi corazón.
Sí, así de duro fue. Me quedé estático, tan solo asintiendo, sin pronunciar palabra alguna: ella estaba enamorada, o tal vez obnubilada, o lo que sea, por aquel hombre. Después
del monólogo me tocó mi parte. Me preguntó por mí, por mi vida, por mis cosas, por mi vida sentimental. Llegado a ese punto hice silencio y me quedé contemplándola, como un estúpido. Sin embargo, fue en ese momento,
justo y necesario, que entendí todo: ella nunca había sido mía, jamás se enteró de lo que yo realmente sentía por ella. Nos despedimos con un beso y ambos seguimos caminando en direcciones opuestas.
Al llegar al edificio, mientras ascendía en el ascensor, recapitulé lo sucedido. Inmediatamente me afloró una sonrisa en los labios. Era una especie de liberación: algo dentro
de mí había dejado ir a la chica para siempre. No me preguntes qué fue, o cómo fue, tan solo sé que esa sensación me indicó que eso era lo que acababa de suceder.
Ya en el departamento, me tiré en el sofá, encendí el equipo de audio y elegí una canción que me dieron muchísimas ganas de escuchar. Mientras sonaba «Yellow», de Coldplay,
la imagen de ella me sobrevino. No te imaginas, era tan clara, tan límpida, que parecía que estuviera allí. Sin embargo cerré los ojos y busqué la oscuridad. Ya habia entendido que ella se había ido... Así, simple,
se había ido...
Yo.
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