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lunes, 6 de mayo de 2013

Nubes

Hoy he despertado sintiéndome vacío. Sí, vacío. Así, como si estuviera en el espacio… ¿Has estado en el espacio?... ¿No?... Yo tampoco, pero lo imagino. Puedo imaginar cosas, lo sabes, te lo he dicho muchas veces. Me imagino en el espacio, vacío, inerte, sin vida. Y a su vez me imagino vivo, feliz, sentado en un campo, con mi perro al lado y ambos recibiendo el viento sur en nuestro rostro. La vida tiene esas facetas tan simples y complejas a la vez. Es como una moneda: cara, cruz…

A pesar del vacío me sonrío por estar vivo. Siempre te he dicho que amo la vida. No me importan los golpes, ni las lastimaduras, ni los escombros que puedan caer sobre mis hombros. No. No importan.

Anoche, de madrugada, estuve escuchando una canción de Andrés Calamaro, “Tu me estás atrapando otra vez”… ¿te acordás de ella? Sí… esa misma. Me vulnerabiliza. Me expone. Soy una bandera flameando en medio del tsunami.

Te diría cómo se ven las nubes en este instante a través de la ventana de mi habitación, pero dirías que suena cursi, que es cosa de escritores, que es cosa de esos tipos que enamoran con palabras pero que en su viva realidad jamás demuestran nada. No importa. Las nubes se ven esponjosas, recortadas, y matizadas por grises y dorados. Me gustan.

Cortaría un pedazo de nube y te lo regalaría… sí… tan solo para que me sonrías, así, como lo sabes hacer… tan solo para mí.

Baila... baila...

Gira… gira… baila… baila… brilla… brilla… hazlo por mí. Sí, por mí...

Los que no sabemos bailar le sonreímos a los que sí. Lo sabes. Yo no sé bailar. Solo muevo mis extremidades, así, como esas marionetas que se relajan y se dejan llevar por su maestro y el arte que sus manos les impulsa hacer. Sin embargo no tengo vergüenza. Me sonrío. Río. Me río a carcajadas. Y me sonrojo. Y mis ojos brillan, de las lágrimas de felicidad que se acumulan en ellos. Y me miras, y me ves, y a la vez sonreís. Sí. Soy yo. Ese hombre adulto que dentro de él guarda un niño que se vuelve feliz en el momento menos esperado, y te roba el corazón, y te hace sentir en las nubes y te hace pensar que en la vida todo es posible.

Sí… soy yo.

Gira… gira… muévete… muévete… brilla… brilla… ¡brilla mi amor!

jueves, 9 de agosto de 2012

#17: "Cárceles sin carceleros"





Querida tú…



Día soleado. Sí, así ha sido el día de hoy. Me la he pasado todo el día caminando bajo el sol. Me permití salir de este escondite, abrir las ventanas, las puertas, sacar las plantas, encender sahumerios, respirar hondo, sonreír. Ha sido un día inserto extrañamente dentro de otros días. Raro para la época, raro para todo cuanto venía sucediendo.
Caminé mucho por la tarde. Salí sin rumbo, dejándome llevar por mis pies sin tener un objetivo ni un punto referencial. Caminé por algunos lugares en donde solíamos encontrarnos, y mientras los transitaba pensaba plenamente en ti. Eran imágenes tan vívidas, tan intensas, que juraría que estabas ahí. Ahora que lees este párrafo por un segundo piensa en mí, imagíname caminando por esos lugares que transitábamos abrazados, riendo, olvidándonos del mundo, y concéntrate en aquellos días en donde nuestra felicidad se podía sopesar sin que nos diésemos cuenta. Imagínate allí, tomando mi mano, caminando a mi lado, escrutándome con tú mirada. Jamás podría olvidar tu mirada…

Después de divagar durante varias horas regresé cuando ya anochecía. Crucé las vías, y caminé por la calle de tierra que tanto miedo te daba transitar por las noches. Al llegar a casa cerré puertas, ventanas, entré las plantas, y algo curioso pasó: una mosca había quedado atrapada dentro y luchaba por salir, golpeándose una y otra vez contra el vidrio. Lo hacía de manera mecánica, sostenida, como siempre suelen hacerlo las moscas. Sentí pena por ella, pero a la vez, me sentí igual a ella. El insecto estaba encarcelado en una prisión sin carceleros, ignorando que todo cuanto lo rodeaba era la libertad. Así, del mismo modo que cuando nos cegamos y solo vemos un campo limitado y nos olvidamos de la periferia. Chocaba una y otra vez contra el vidrio. Luego volvía. Se detenía un instante, movilizaba sus alas, levantaba vuelo lentamente y reiniciaba el escape, frustrado, ingenuo, pero al menos cargado de imperiosa necesidad de salir, de encontrarse nuevamente con el mundo, con el infinito.

A veces me parezco a la mosca. Siento que soy prisionero en una cárcel sin carceleros. Solo yo y mi consciencia. Nadie más. Sin embargo me siento privado de la libertad, y cuando decido buscarla y escapar vuelvo a caer, una y otra vez, en la misma celda, bajo el mismo encierro, con la misma asfixia.
Finalmente abrí las hojas de la ventana y la mosca voló hacia el jardín. Por unos segundos la logré seguir con la mirada hasta que finalmente se perdió en medio de la oscuridad. Mi acción sirvió para que encontrara la libertad. Necesitó de ayuda extra para darse cuenta, sino, tal vez hubiera perecido en el intento.
¿Me pasará lo mismo mientras te espero?, ¿me golpearé una y otra vez hasta dejarme morir?, ¿vendrás antes y me rescatarás? Tal vez yo mismo haya cerrado las puertas y autogenerado la asfixia. Suele suceder. Pero si vienes, y me ves tendido en el piso, rescátame, tiéndeme tu mano y libérame, ayúdame a escapar de la cárcel y burlar a mis carceleros imaginarios…



Yo. 





(Imagen tomada de internet, anónima)

martes, 24 de julio de 2012

#15: "El suave oleaje del recuerdo"





Querida tú:



Hay días, como el de hoy, que despierto pensando en los distintos caminos que he tomado a lo largo de mi vida. No puedo decir cuál ha sido correcto y cuál no, pues debería haberlos tomado a todos  para poder sentenciar ese veredicto. Supongo que puedo decirte que he tomado los que en el preciso instante que se mostraron ante mí decidí eran correctos, ¿pero serían realmente los correctos?...

No lo sé.

Es que hay días que mi subconsciente juega con mi consciencia, los escucho correr por los pasillos de la memoria, por los toboganes de mi corazón, reír a mis espaldas, cuchichear cerca de mis sienes, y sé que traman cosas, o bien confabulan, como tripulantes de un viejo barco ansiosos por una revuelta, por tomar por completo el barco. Son estos días, tal como te he contado, que miro mi vida hacia atrás, observo los pasos, las decisiones, los aciertos, los errores, las trampas, y me digo a mí mismo que lo voy logrando, que no ha sido tan difícil, pero que tampoco fue fácil.

Y hoy me encuentro aquí, en esta cama, analizando mi vida, pensando que acabo de despertar y no estás a mi lado, que la cama es gigantesca, que el silencio es atroz, que hay momentos en la vida de un hombre que preferiría no vivirlos, tan solo saltearlos, evaporarse y materializarse en otro sitio con tal de no soportar el dolor que se siente cuando la soledad te estruja el corazón, cuando los colores ocres de la vida tiñen los pensamientos y muestran a la perfección lo que podría ser y no fue.

Aún conservo el viejo cuadro que pintaste. Está ahí, justo sobre la vieja cómoda, con sus colores intactos y esa escena, tan humana, tan sentida, reviviéndose día a día ante los ojos que han llegado a verla. Ayer ha venido la vecina del octavo piso, me ha traído un par de camisas y pantalones, aludiendo que pertenecían al difunto de su marido y que yo, como soy casi de su talla, podría usarlos, y ella al verme con esa ropa se sentiría feliz y a la vez lo recordaría más vívidamente. He aceptado el obsequio por cortesía, pero no creas que un escalofrío no me ha corrido por la médula. Observo esa ropa doblada cuidadosamente sobre la silla y pienso en el hombre que las usaba, en las decisiones que supo tomar en vida, en cuánto de su impronta iluminó a este mundo. En algún punto todos teñimos con nuestro color interno éste mundo. Dejamos en él rastros inconfundibles de nuestro paso, de nuestra toma de decisiones, de nuestros actos. Tú lo has hecho con este cuadro que observo cada mañana al despertar. Hay mucho de ti en él. Desde la suavidad del oleaje hasta la rompiente de piedras, atravesando el caserío lejano, y el sol pálido ¡Realmente estabas inspirada cuando lo pintaste! Parece mentira que ya han pasado tantos años. Si lo vieras… seguramente una lágrima te afloraría. Los recuerdos tienen mucho poder, tanto que a veces usan más filo que un cuchillo para cortarte en dos.


Me pregunto si aún pintas, si habrá nuevos cuadros colgados en otras paredes, si alguien más se despertará al igual que yo observando una de tus pinturas. Siempre creemos que somos únicos y que solo nosotros podemos vivirlo de ese modo, ¡pero nada más equivocado, querida mía! Solo somos ese pequeño grano de arena, en una playa solitaria dentro de un vasto mar, en un universo infinito. Seguramente habrá otra pintura, otros ojos, y otro corazón que la observe. Y es que eso pertenece a uno de esos caminos con los cuales hoy me desperté analizando, caminos que uno decide recorrer y a veces en vez de acercar te alejan de la gente que amas. Heme aquí, en esta vieja cama, con el corazón arrugado de melancolía, con el recuerdo de tus manos pintando sobre el lienzo, de la postura de tú cuerpo frente al bastidor, de tú silencio de artista magnánimo. Quisiera cerrar los ojos y verte en esta misma habitación pintando, esbozando con colores ese mundo que tus ojos miran y que tú espíritu representa sobre la tela, pero no me es posible, pues ambos elegimos caminos distintos y no sé si algún día volverán a fusionarse…

Aunque tal vez..



Yo.


(Imagen: Sicca )

sábado, 21 de julio de 2012

#14: Lluvia y poesía




Querida Tú:


Desde hace un tiempo deseo leer poesía, y ya sabes como soy, y cuanto me cuesta deambular entre las estrofas y darle un sentido a lo que leo poéticamente. A veces me pregunto si eso alguna vez te llevó a pensar que te alejaría de mí ¿Tal vez? Quisiera pensar que no, ser fuerte, y abastecer mi seguridad con un ¡NO! rotundo, pero he aquí que a veces suelo caminar por el alambre tenso en medio del precipicio de la inseguridad.

Nuestra vieja vecina, la del 6º “B”, ha bajado el otro día y tras abrirle la puerta me ha puesto un viejo libro de poesía en mi pecho. Acepté el libro con una sonrisa que oscilaba entre el agradecimiento y la incredulidad. Sin más se dio la vuelta y volvió a subir las escaleras. He terminado de deducir que nuestra vecina es de pocas palabras, o tal vez sincroniza un canal al cual nosotros nunca estuvimos conectados… al menos yo.

Dejé el libro sobre la mesa ratona y me olvidé por completo del acontecimiento. Los días fueron pasando y cada vez que entraba al departamento observaba el libro, ahí, sobre la mesa, como si estuviese sigilosamente controlando cada uno de mis movimientos, a la espera que me enredase entre sus páginas, cosa que hice, pero recién el pasado domingo por la tarde. Llovía. Sí, como tanto te gusta. Con viento fuerte y chaparrones que caían insistentemente mojándolo todo a su paso. Terminé descubriendo una filtración de agua en la ventana que da al living, y pensé, por un instante, cuanto te extraño en mi vida. Es ahí, en esas cosas insignificantes que tú ausencia me desmiembra y me hace jirones el corazón, ahogándome en pena y melancolía. Contemplé la lluvia por largo rato mientras pasaba de aquí para allá las hojas del libro. Supuse que el libro era de propiedad de nuestra vecina, ¿pero acaso nuestra vecina era una lectora de poesía? Jamás lo hubiera imaginado, ¿y tú? Supongo que tampoco. Pero ya ves, a veces la gente nos sorprende gratamente, dejándonos en completo ridículo, atándonos y amordazándonos por nuestros juicios presurosos.

Leí un par de poesías y se me hizo un nudo en la garganta. Creo que el clima y la hora de la tarde también se confabularon para ello. En ese momento he de confesarte que te extrañé horrores ¿Dónde estarás ahora?, ¿leerás poesía?, ¿escribirás poesía?, ¿lloverá allí donde te encuentras, o el clima será tan árido como mi corazón lo es últimamente? Son tantas las preguntas que mi subconsciente me hace sobre ti que ya he perdido la cuenta. Solo sé que entre la lluvia y la poesía he derrochado lágrimas de tristeza y melancolía, imaginando tú rostro en la humedad del vidrio del ventanal, recordando los buenos tiempos, los tiempos en que los días lluviosos eran sinónimo de alegría y felicidad… ¿Adónde van los días buenos?, ¿acaso lo sabes tú? Yo no. Me lo he preguntado millones de veces y jamás obtuve una respuesta con coherencia. Tal vez se escondan detrás de estrofas de poesía.

Me he dormido con el libro en mi regazo. La lluvia cesó por completo y yo seguía aún dormido. Un fuerte viento sur hizo mover una vieja marquesina y el ruido terminó sobresaltándome. Y allí estaba el anochecer, cayendo lentamente sobre los edificios vecinos, sobre las calles linderas, sobre el gentío desconocido. Asomado a la ventana miraba el movimiento callejero aletargarse junto con el día. Observaba los rostros y de repente caí en la cuenta que buscaba el tuyo. Sí, el tuyo. Busqué desesperadamente pero no estabas allí. No sé donde estabas, no sé donde estás…

Esa noche antes de acostarme tomé el libro y lo puse en la biblioteca. Había decidido que la poesía aún no entra en mi cuerpo como debería entrar. No se mimetiza con mi ser como cuando tú me leías poesía. El mundo cambia, tú mejor que yo lo sabe, y en ese cambio nos sentimos trastocados, con nuestro eje muchas veces oscilando unos cuantos grados, preguntándonos el porqué, o por qué nosotros, pero jamás hay respuestas rápidas, son más bien respuestas escondidas como acertijos, difíciles de descifrar, poderosas de contenido oculto.

¿Algún día volverás a leerme poesía? No me respondas, yo mismo me responderé cada vez que lea un poema, escuche una poesía fluir por el aire o alguien me vuelva a entregar un libro de poesía en mis manos. Será una respuesta instantánea, sin pensamientos. Dará un brinco directo desde mi corazón atravesando todos mis sentimientos, y sí puedo decir que sea cual fuere la respuesta yo estaré feliz, pues aquellos días en que nos amábamos y la poesía giraba en torno a nuestros días siempre perdurarán en mi corazón a modo de estrofas vitales para vivir.


Yo.  


(Imagen: http://goo.gl/VxmiR)

lunes, 25 de junio de 2012

#13: Frío




Querido(a) Tú:


Hace frío. Creo que ya sabes que por estos lares el invierno ha llegado hace poco descargando su ira, su modo tan particular, su manera de expresar que él está, como siempre, cobijándonos con su manto los mismos meses, de cada año. No han llegado cartas tuyas, y es por eso que mi angustia se ha acrecentado. Se me hace difícil. Muy.

Anoche he caminado por el barrio y he llegado hasta la costanera. Me detuve en el puente... nuestra parada, ¿lo recuerdas? Siempre dejamos recuerdos como marcas por si nos perdemos. Así, como si fuéramos víctimas de un asesino neurótico que nos corre en medio de un bosque inhabitado. Dejamos marcas por doquier. Yo he dejado las mías en tí, tú has dejado las propias en mí. No cualquiera deja marcas en mí. No porque no pueda, sino porque mi piel no las recepta. Y no hablo de marcas sexuales, ni tampoco de cursilerías amorosas, no, hablo de las verdaderas marcas, de esas que son pegajosas a la razón y a la inteligencia, que se hacen un picnic con los sentimientos y que se ubican en la mejor caverna de nuestra memoria. De esas marcas especiales hay pocas. Y mucho menos son quienes nos las dejan. Tú eres una de esas personas. Nunca lo dudes... ¿ok?


Mientras estaba en el puente sentí mucho frío. Estaba solo, sin nadie a la vista. Detrás de mí las luces de la ciudad, en frente, el río. El agua corría mansamente, el murmullo de su movimiento era casi imperceptible. Durante un largo rato me sumí en pensamientos. Horadé las cavernas de mi memoria y me retrotraje en el tiempo. Odié hacerlo. No es bueno. Nunca es bueno adentrarse en las cavernas sin una verdadera razón, sin una luz que nos acompañé y nos evite las sorpresas, los momentos inesperados que sorprenden por su dureza. Fue entonces que dentro de esa maraña de recuerdos sopesé a las personas que son cicatrices en mí. El aire frío ingresándome por la nariz, el brillo del reflejo de la luna sobre el agua, el sonido constante del casco céntrico de la ciudad, el tiempo malgastado en personas que no valieron la pena. Tú sabes a qué me refiero. Sabes de personas que te han hecho perder el tiempo. Sí... bien que lo sabes.

Así permanecí hasta escuchar las campanadas de la iglesia. Eran las dos de la madrugada. Volví caminando lentamente a casa ¿Recuerdas nuestras caminatas? Sí, nos encantaba caminar y charlar. Extraño tus puntos de vista, el modo de sonreír en los momentos difíciles y tu ojo crítico para con las personas: acertabas a primeras, sabías a la perfección quién valía la pena y quién no. Esa, tu virtud, era tú propio as de espadas para conmigo ¿Será que algunas personas son más transparentes que otras? Tal vez. Supongo que siempre lo has visto así. Inclusive a mí ¿De cuál grado será mi transparencia? No me digas... no quiero saberlo.

Al llegar a casa encendí la radio. Pasaban un programa musical donde se podían escuchar tangos, boleros y música melódica. Me sonó a música para retrotraerse, para caer presa de los recuerdos. Me acosté con esa música como compañía y tú recuerdo en mi mente. En la noche fría ambas cosas eran lo mejor, la compañía ideal para esperar el sueño y caer rendido. Sin embargo, no estabas. Te echo de menos. La distancia no es un problema, siempre lo has sabido. No lo es para mí, no lo es para tí. Sí lo es para el resto, pero de eso no nos hacemos cargo, y lo sabes. Mientras cerraba los ojos me parecía escuchar el murmullo del agua pasar por debajo del puente, contándome historias, hablándome de viejos recuerdos, susurrándome en los oídos secretos del vivir. Enseguida debo de haberme dormido.


Al amanecer algo me despertó. Sin embargo no había nada extraño en la habitación. Tenues rayos de sol se colaban por la ventana inundandolo todo. Y ahí estabas, inmortalizada tu figura en el viejo portarretratos, con tu sonrisa tan bella, tu cara aniñada, y tu pelo lacio que siempre me encantó. Creéme, siempre te tengo presente, inclusive los días que no puedo escuchar tu voz ni mirar el brillo de tus ojos. Habitas dentro de mí como parte de un todo que me conforma y que me permite levantarme y vivir un nuevo día. Me gusta que así sea...

Yo.




(Imagen de Naomi Wilkinson)

martes, 1 de mayo de 2012

#11: Otoño


Querido(a) Tú:


Hay días que extraño momentos vividos en mi pasado. Sucede rara vez que algo así me pase, pero cuando los recuerdos me sobrevienen entonces me pierdo en ellos, me olvido de lo que me rodea, de que el mundo gira en éste ahora, y hasta pierdo la noción del lugar donde estoy. Los recuerdos me llenan de nostalgia. Sana nostalgia. Sin embargo, por lo general, me roban una sonrisa escueta y triste, como añorando con mucho ahínco aquellos momentos, aquellas personas o lugares por los cuales mi vida transitó.

Quisiera poder, de ser posible, extraer de mi mente las imagenes, vivencias, sonidos, sensaciones, que viví a pleno en esos recuerdos. Poder mostrártelos, decirte: «¿Ves?, en ese preciso momento fui felíz», pero no es tan simple. Solo uno mismo puede ver esos momentos, revivirlos y darles el suficiente valor emotivo hasta el punto de que la piel se te erice y el corazón se ponga al galope. Si tal vez para los demás solo sean imagenes incongruentes, sonidos molestos, vivencias superfluas. El mundo no es igual para todos, lo sé, de a poco lo he aprendido.

Hoy he recordado un barrio, allá en la capital. Una tarde, un otoño. Me veo caminando por ese barrio de casas coloniales en un atardecer de otoño, los árboles agitándose por el viento sur, hojas amarillas cayendo por doquier, automóviles que pasan velozmente por el pavimento, personas que desconozco que caminan presurosas huyendo de la noche fría que se avecina. Y estoy allí, felíz, sintiéndome extraño por esa felicidad, algo que no comprendo y que sé que ha comenzado a gestarse en mi interior, delicadamente, sin freno, desbordante, cargado de exaltación. Ahora sé que ha sido la gestación de un bonito recuerdo, el increíble acto  de un momento de mi vida que se guardaría para siempre en la memoria y sería revivido de vez en cuando para cargarme de nostalgia y felicidad.

Seguramente tú también tendrás recuerdos así, en donde la nostalgia y la emotividad avanzan, te atropellan sin pedir permiso, e imponen sus condiciones, a veces tiranas, a veces benévolas. Es ahí, en esos recuerdos, en donde uno siente que ha vivido, que pudo transitar la vida sin perdérselo todo, que al menos algo invisible al resto de las personas fue captado y atrapado por nuestros sentidos para sentirnos vivos y que el pasar por la vida no fue en vano. Era otoño. Lo recuerdo perfectamente ¿Será por eso que amo tanto esa época del año? Tal vez...


Yo.

lunes, 13 de febrero de 2012

#10: No more i love you's


Querido(a) Tú:



Tuve un sueño. Ayer, de madrugada. Me desperté con la boca seca, el pelo revuelto, y mi pecho sudado. Soñé que hacía el amor con una chica desconocida. Sí, tal cual, con una chica desconocida, alguien con quien nunca hice el amor. Fue un sueño demasiado erótico para un hombre de mi edad, tanto que hasta pensé, al despertarme, ojalá estuviera aquí. Pero no, nunca estuvo allí… y tal vez jamás lo esté.

Volví a dormirme. Volví a soñar.

Ahora estaba en el cielo, entre unas densas nubes que rodeaban a una luna incandescente, altiva, coronada por una aureola de humedad. Y ahí estaba yo, nuevamente, junto a la chica del sueño erótico, solo que ésta vez ambos caminábamos por un puente en el cielo, tomados de la mano, mirándonos, sonriendo ingenuamente, aun sin conocernos.

Te estarás preguntando por qué lo que te cuento parece tan ridículo, tan agarrado de los pelos, pero ni yo sé explicártelo. Sé que ambos sentíamos, en la presión que nuestras manos ejercían una con la otra, mucha intensidad, una fluctuación de energía que además de llamarnos la atención nos indicaba que éramos compatibles, que ese fluir invisible era algo infinito y universal en ambos.

A eso de las 6:00 a.m. desperté, encendí la luz del velador, tomé un libro, lo abrí en la página que había acabado mi última lectura e intenté concentrarme en su historia. Leía, intentaba concentrarme, pero enseguida la imagen de aquella chica misteriosa abarcaba toda la amplitud de mi mente. Iba de principio a fin, de arriba hacia abajo, lo completaba todo ¿Quién eres?, deseaba preguntar ¿Te conozco?... tal vez sí…
No me creerás pero hoy me he despertado pensando que los sueños tienen, en algún lugar de nuestro subconsciente, cierto fundamento. Sí. Tal vez (no puedo asegurártelo), yo he deseado a esa chica, la he amado, o hasta hemos sido almas fusionadas ¿Por qué no?, ¡imagínate!, sería maravilloso saber que uno puede conectarse con personas a las que amó en otras vidas, a las que desea en ésta vida, a las que deseará en otras futuras vidas. Tal vez esa chica pertenezca a alguno de esos subconjuntos. Sí, seguramente.


He encendido el equipo de audio, es que quiero escuchar música que me haga olvidar ese sueño que no me lleva a ningún sitio. Sin embargo escucho “No more i love you’s” de Annie Lennox, y parece que todo flota en el aire, que las cosas se distorsionan y pierden su volumen, que el aire se enrarece, que mis sentimientos se hiperconectan con todo a su alrededor, que las imágenes que he soñado anoche fueran parte del éter, parte de esta vida mía que tanto disfruto y me agrada vivir.

Hay monstruos. Sí, hay monstruos. Los reconozco. Se maquillan, se me acercan sigilosamente, me intentan seducir, decirme cuán importante soy para ellos, y hasta sus ojos veo brillar en la oscuridad de mi subconsciente. Pero no cedo. No. Aquí estoy. Como siempre, tal como me conoces. Pues prefiero los sueños, vivir en esos parajes de ensueños, en esos mundos de excitaciones idílicas, de sensaciones extracorpóreas que parecen unificarte y hacerte una sola unidad con el universo. No temo a los monstruos. No. Los monstruos siempre vivirán en mí. Lo sabes, lo sé.

Tal vez no haya más “te amo”, pero sí seguirán habiendo sueños. Seguirán esas sensaciones nocturnas de beneplácito, de alegría, de mundos soñados, de relaciones deseadas, de locura sin control. No me atemorizan ya los monstruos, sé que puedo soñar, que puedo leer poesía como solía hacerlo contigo, que puedo mimetizarme con un personaje de novela, que puedo cerrar los ojos y sentir que despego, que me elevo, y dejo de ser éste yo,  para ser alguien más puro, simple y cargado de deseos.



Yo.

martes, 3 de enero de 2012

#6: La libertad de los peces


Querido(a) Tú...



Era cerca de las dos de la tarde cuando estando en esa playa de Brasil vimos al niño jugando en la arena, ¿lo recuerdas? Tenía una palita plástica de color amarillo, un balde color azul, y un flotador cilíndrico alrededor de su diminuta cintura. Vos mirabas el mar, yo miraba al niño. Había algo en él, creo que la poderosa sensación de libertad, que me atraía, como una gigantesca espiral, y me mantenía en vilo, observándolo. Siempre he sentido una envidia sana hacia ese tipo de libertades. Aún hoy, ya adulto, trato de mantenerla, que siga estando dentro de mí, que no fallezca, que no se esfume, que siga ahí, agazapada, y se haga presente cada vez que la invoco.

Al volver de la playa lo hicimos por una de las calles que sale directamente hacia el centro de la ciudad. No avanzamos ni cien metros que me detuve frente a la vidriera de un acuario, y me puse a contemplar una pecera con escalares, cíclidos y besadores. Me miraste sin entender en demasía. No te escuché, te lo juro, en el momento que me preguntabas algo. Después reaccioné, justo cuando volviste a preguntarme de nuevo.

—Pobres peces, ¿no estarían mejor en el mar? —preguntaste sin mirarme.
—No, acá son felices, es donde nacieron y viven. A veces la felicidad se construye donde uno habita —respondí.

Recuerdo cómo miraste entonces la pecera. La forma que tus labios tomaron, cómo tus ojos comenzaron a brillar. Supe que entendiste lo que había querido decirte. Seguimos caminando. Acomodaste el bolso en tú hombro, yo las esterillas debajo del brazo. No hablábamos casi.

Al llegar al departamento que habíamos alquilado te desnudaste para ducharte. Te sentaste al borde la cama y me pediste que te pusiera crema en la espalda, pues el sol te había flechado duro. Lo hice. Puse un poco de crema en mis manos y comencé a acariciarte la espalda y enseguida me sobrevino la visión del niño jugando en la playa, construyendo su maltrecho castillo de arena, su lucha interminable con las olas, su esfuerzo en función de un objetivo.

—¿Qué pasa?, ¿por qué te detenés?, no lo hagas... por favor... -dijiste con voz queda.

Entonces me di cuenta que aquello que en aquel momento me atrapaba en pensamientos tal vez te lo estaba transmitiendo con mis caricias, a través de tú espalda, atravesando tú esqueleto, metiéndolo de soñador caradura en tú corazón.


Yo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

#5: ¿Por qué te gusta la noche?


Querido(a) tú:


Esta noche tengo ganas de responder a tú pregunta...: ¿por qué te gusta la noche?

Y es tal vez algo más simple de lo que te imaginas. Disfruto más de la noche que de la luz del día, y no es que odie los rayos de sol, no, solo que en la noche mi cuerpo armoniza y siente mucha paz. También me gusta oír los susurros de los que lloran en los callejones y poder acompañarlos cuando puedo, ver por las ventanas a las madres callar a sus hijos hambrientos y dormirlos, llegando así a cierta paz entre la densa oscuridad, o ver a los viejos vagabundos aferrarse a sus refugios y prepararse para iniciar el camino del sueño.

Cuando las noches son frías, el descenso de la temperatura me une aún más conmigo mismo. Busco posición fetal, cierro los ojos, y me auto completo, me siento un punto en el universo.

Las noche me gustan, sí. Me hacen sentir vivo. Hacen que mi consciencia me abandone por unas horas y caiga en esos mundos imaginarios y soñados, que pueda vivir vidas que no son mías, que pueden sentir cosas que tal vez jamás sentiría aquí, en la Tierra de los vivos.


Yo.

martes, 27 de diciembre de 2011

#4: Libres y distintos


Querido(a) tú:


Recuerdo un día que estábamos vos y yo sentados frente al lago. No hablábamos, tan solo mirábamos el agua, los árboles, la gente caminando en los alrededores ¿Lo recordás?, tal vez sí. Fue ese mismo día que después de aquel silencio te dije que ya no creía en que la gente podía cambiar, que algunos podían hacer el intento, pero que a la larga la esencia de su espíritu los volvería a esa realidad que de algún modo los aprisiona. Aún siento cómo tus ojos me miraron y me hostigaban a cambiar de idea, de pensamientos. Pero sabes como soy: o puedo ser muy abierto y flexible o el más cerrado de todos. En aquel momento fui el más cerrado de todos, y creo que aún lo soy con respecto a ese tema.

La gente no cambia. No puede cambiar. Lo intenta. Mejora sus versiones; pero en definitiva no cambia. Es como agarrar un pedazo de madera e intentar pulirla y darle cierta forma. Poco a poco la madera tomará la forma y se irá pareciendo a otro objeto, ¡pero jamás dejará de ser madera!. La gente es igual, al menos en mi mundo, con mis ojos, se lo ve así. Sin embargo algunos pueden pulir su personalidad y parecer distintos, incluso arriesgando a usar la palabra «cambiados».

Hoy me he acordado del día en el lago y de tú mirada, y creo que es porque el modo en que me mirabas -como intentando cambiar mis ideas- me hacía pensar que estabas tan seguro(a) de conocerme que te jugabas la vida que cambiaría de idea. Pero ¡no!, si lo recuerdas, tan solo volví a mirar hacia el lago, hacia los pinos del fondo, sin tocar el tema.

Te podría decir que tampoco yo termino de conocerme nunca. Hay días que me sorprendo de mí mismo, de las miserias que me afloran, o de las figuras de florete que mi lengua dibuja para aplicar en situaciones de diálogo con otras personas. Soy como una «Caja de Pandora» en constante cambio, como un viajero en universos paralelos, como una célula en pleno acto reproductivo. Pienso que quisiste atraparme, saberte seguro(a) de que con tú mirada mi pensamiento se amoldaría, pero no, no fue así, ni mi pensamiento ni yo somos esclavos, todo lo contrario, siempre somos libres y distintos.


Yo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

#3: Cielos nocturnos

Querido(a) Tú:


Hace un tiempo he llegado a la conclusión que sientes donde te sientes el universo es maravilloso. Solo mirando al cielo desde cualquier punto donde te encuentres podes ver lo hermoso que es. Principalmente en las noches, y más si es en medio de un campo, una montaña o en la llanura de la pampa. La luna juega también un rol preponderante. Suele ser cómplice. Así, como yo lo estoy siendo ahora con vos. Como te dije cartas atrás, no es fácil contar lo que uno siente o piensa. Es parte de los tabúes que conforman a las personas. Es uno de los tesoros que más se resguardan detrás de las altas murallas de nuestro interior. Sin embargo, siempre hay una primera vez para todo. Aunque claro, algunas personas pueden llegar a conocer la muerte sin siquiera haberse permitido mostrar su interior, esbozar sus pensamientos, contar sus locuras, mostrar sus bajezas, o exponer sus miserias.

Bajo el cielo diurno o nocturno todos somos iguales. Nos movemos como hormigas, nos entremezclamos como insectos en medio de una colonia. Pero pocas veces levantamos la mirada y observamos el cielo y todo lo que acontece allí arriba. Quiero contarte que a veces cuando me he encontrado solo en lugares solitarios he levantado la vista y observado el cielo. Mil cosas se me han cruzado por la mente. Inclusive diálogos escuetos conmigo mismo (seguro estarás sonriéndote al leer esto). Me siento tan vulnerable e indefenso, tan pequeño ante tanta vastedad. Y me quedo así, sosteniendo la mirada y observándolo todo, maravillándome por cada cosa que mis ojos descubren en el cielo o cada sonido que el viento me trae hasta mis oídos.

Me gustaría que algún día la noche nos encuentre así, juntos, en la oscuridad casi total, bajo un cielo estrellado, con el ulular del viento y por qué no un río o un arroyo cruzándose delante nuestro. Creo que disfrutaríamos mucho de ese momento. Nos sentiríamos tan humanos que no quisiéramos morir jamás. Créeme, a veces parte del temor a morir es gozar de mucha felicidad.


Yo.