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lunes, 9 de septiembre de 2013
Sensaciones extrañas
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Unknown
Tengo ese tipo de sensaciones extrañas, que solo se encienden cuando estamos juntos, caminando o en la cama. Reímos, me mirás, te miro. Y ahí, como esas tantas cosas ininteligibles de la vida, aparece, con furor, desde las entrañas más profundas, haciendo que mi ser por completo se movilice y decrete que producís algo especial en mí, algo que me es, hasta el día de hoy, imposible de explicar.
Tampoco todo se debe explicar ¿Cómo se puede explicar un paseo por la linde del bosque en tu compañía? No, no hay verbos ni adjetivos. Todo se queda a medias. Pasa que para los amores verdaderos el lenguaje suele dejar su riqueza y caer en la pobreza ¿Cómo explicar la sensación sentida cuando te veo saltar sobre las piedras del río, sonriendo, alegre, en tu propio universo? Jamás lo he podido.
Las sensaciones extrañas, quiero que lo sepas, me abordan a menudo. Me asaltan sin previo aviso y me arrinconan contra las paredes de esas cavernas tan oscuras que tiene mi memoria. Muchas de esas paredes fueron construidas por vos… por mí. Hay una arquitectura básica y una mano de obra pesada en ellas. Esas paredes están impregnadas de sensaciones. Se parecen a cuadros de pintores de renombre pero que jamás vieron la luz. Ahí, justo en esas paredes, está escrita nuestra historia.
La gente jamás entendería lo que siento cuando te veo conducir el automóvil, cuando me sonreís de soslayo, o cuando apoyas tu cabeza en mi pecho mientras caminamos por la calle en las noches heladas de invierno. La gente tampoco tiene porqué entenderlo. En realidad ni yo lo logro entender. Hay cosas que por más que quieran explicarse se niegan a ello, y tan solo tenemos las sensaciones para poder decir: “sí, es eso, es algo como eso…”
lunes, 6 de mayo de 2013
Nubes
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Unknown
Hoy he despertado sintiéndome vacío. Sí, vacío. Así, como si estuviera en el espacio… ¿Has estado en el espacio?... ¿No?... Yo tampoco, pero lo imagino. Puedo imaginar cosas, lo sabes, te lo he dicho muchas veces. Me imagino en el espacio, vacío, inerte, sin vida. Y a su vez me imagino vivo, feliz, sentado en un campo, con mi perro al lado y ambos recibiendo el viento sur en nuestro rostro. La vida tiene esas facetas tan simples y complejas a la vez. Es como una moneda: cara, cruz…
A pesar del vacío me sonrío por estar vivo. Siempre te he dicho que amo la vida. No me importan los golpes, ni las lastimaduras, ni los escombros que puedan caer sobre mis hombros. No. No importan.
Anoche, de madrugada, estuve escuchando una canción de Andrés Calamaro, “Tu me estás atrapando otra vez”… ¿te acordás de ella? Sí… esa misma. Me vulnerabiliza. Me expone. Soy una bandera flameando en medio del tsunami.
Te diría cómo se ven las nubes en este instante a través de la ventana de mi habitación, pero dirías que suena cursi, que es cosa de escritores, que es cosa de esos tipos que enamoran con palabras pero que en su viva realidad jamás demuestran nada. No importa. Las nubes se ven esponjosas, recortadas, y matizadas por grises y dorados. Me gustan.
Cortaría un pedazo de nube y te lo regalaría… sí… tan solo para que me sonrías, así, como lo sabes hacer… tan solo para mí.
A pesar del vacío me sonrío por estar vivo. Siempre te he dicho que amo la vida. No me importan los golpes, ni las lastimaduras, ni los escombros que puedan caer sobre mis hombros. No. No importan.
Anoche, de madrugada, estuve escuchando una canción de Andrés Calamaro, “Tu me estás atrapando otra vez”… ¿te acordás de ella? Sí… esa misma. Me vulnerabiliza. Me expone. Soy una bandera flameando en medio del tsunami.
Te diría cómo se ven las nubes en este instante a través de la ventana de mi habitación, pero dirías que suena cursi, que es cosa de escritores, que es cosa de esos tipos que enamoran con palabras pero que en su viva realidad jamás demuestran nada. No importa. Las nubes se ven esponjosas, recortadas, y matizadas por grises y dorados. Me gustan.
Cortaría un pedazo de nube y te lo regalaría… sí… tan solo para que me sonrías, así, como lo sabes hacer… tan solo para mí.
jueves, 9 de agosto de 2012
#17: "Cárceles sin carceleros"
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Unknown
Querida tú…
Día soleado. Sí, así ha sido el día de hoy. Me la he pasado todo
el día caminando bajo el sol. Me permití salir de este escondite, abrir las
ventanas, las puertas, sacar las plantas, encender sahumerios, respirar hondo,
sonreír. Ha sido un día inserto extrañamente dentro de otros días. Raro para la
época, raro para todo cuanto venía sucediendo.
Caminé mucho por la tarde. Salí sin rumbo, dejándome llevar por
mis pies sin tener un objetivo ni un punto referencial. Caminé por algunos lugares
en donde solíamos encontrarnos, y mientras los transitaba pensaba plenamente en
ti. Eran imágenes tan vívidas, tan intensas, que juraría que estabas ahí. Ahora
que lees este párrafo por un segundo piensa en mí, imagíname caminando por esos
lugares que transitábamos abrazados, riendo, olvidándonos del mundo, y
concéntrate en aquellos días en donde nuestra felicidad se podía sopesar sin
que nos diésemos cuenta. Imagínate allí, tomando mi mano, caminando a mi lado,
escrutándome con tú mirada. Jamás podría olvidar tu mirada…
Después de divagar durante varias horas regresé cuando ya
anochecía. Crucé las vías, y caminé por la calle de tierra que tanto miedo te
daba transitar por las noches. Al llegar a casa cerré puertas, ventanas, entré
las plantas, y algo curioso pasó: una mosca había quedado atrapada dentro y
luchaba por salir, golpeándose una y otra vez contra el vidrio. Lo hacía de
manera mecánica, sostenida, como siempre suelen hacerlo las moscas. Sentí pena
por ella, pero a la vez, me sentí igual a ella. El insecto estaba encarcelado
en una prisión sin carceleros, ignorando que todo cuanto lo rodeaba era la
libertad. Así, del mismo modo que cuando nos cegamos y solo vemos un campo
limitado y nos olvidamos de la periferia. Chocaba una y otra vez contra el
vidrio. Luego volvía. Se detenía un instante, movilizaba sus alas, levantaba
vuelo lentamente y reiniciaba el escape, frustrado, ingenuo, pero al menos
cargado de imperiosa necesidad de salir, de encontrarse nuevamente con el mundo,
con el infinito.
A veces me parezco a la mosca. Siento que soy prisionero en una
cárcel sin carceleros. Solo yo y mi consciencia. Nadie más. Sin embargo me
siento privado de la libertad, y cuando decido buscarla y escapar vuelvo a
caer, una y otra vez, en la misma celda, bajo el mismo encierro, con la misma
asfixia.
Finalmente abrí las hojas de la ventana y la mosca voló hacia el
jardín. Por unos segundos la logré seguir con la mirada hasta que finalmente se
perdió en medio de la oscuridad. Mi acción sirvió para que encontrara la
libertad. Necesitó de ayuda extra para darse cuenta, sino, tal vez hubiera
perecido en el intento.
¿Me pasará lo mismo mientras te espero?, ¿me golpearé una y otra
vez hasta dejarme morir?, ¿vendrás antes y me rescatarás? Tal vez yo mismo haya
cerrado las puertas y autogenerado la asfixia. Suele suceder. Pero si vienes, y
me ves tendido en el piso, rescátame, tiéndeme tu mano y libérame, ayúdame a
escapar de la cárcel y burlar a mis carceleros imaginarios…
Yo.
(Imagen tomada de internet, anónima)
(Imagen tomada de internet, anónima)
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martes, 31 de julio de 2012
#16: "Lo efímero del amor"
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Unknown
Querida tú:
La palabra sorpresa nunca ha tenido tanto significado para mí como desde hace algunos días. En realidad ha tomado un matiz intenso y lleno de peso. Seguramente te estarás preguntando por qué te cuento esto, a qué viene, por qué motivo he decidido arrancar así esta carta. Supongo que podría darte muchas explicaciones, pero intentaré elaborar una, y dejarte en claro que hay cosas que el tiempo se encarga de acomodar, de develar y de poner perfectamente en su sitio. La palabra sorpresa esta vez no tiene nada que ver contigo sino con otra persona que una vez visitó días de mi vida, dijo amarme, dijo quererme, y de repente, se esfumó, volviendo a hacer lo que ahora sé que siempre hizo: mentir.
Siempre te ha gustado mi franqueza. Nunca has sido una mujer celosa, y siempre me has invitado a que te cuente cosas de mi vida, una vida anterior a ti, una vida como la de cualquier otro hombre mortal. Pues bien, he aquí que tengo ganas de ello, de contarte algo que, como te dije al principio de esta carta, me he enterado por estos días: cierta vez alguien me amó antes que tú, o al menos dijo hacerlo. Sin embargo, y más allá de haber vivido momentos importantes y pseudo reales con ella, el destino me ha llevado a ver que las puestas en escena saben ser gloriosas para los hombres estúpidos ¿Me crees? Supongo que sí. Estés donde estés sé que ya sabes de quien te hablo. De ella misma, sí, la que piensas, la chica de la sonrisa, la chica que todos querían y deseaban.
Y mi descontento ha sido variopinto. La desilusión inconmensurable. Mentir cuando alguien te da amor es como clavar un cuchillo en tú alma, no en la del otro. Es generar una herida tan profunda como invisible en el momento, que solo será visualizada y vívida cuando el destino lo disponga. Pasa que el destino dispone cuando quiere, y castiga sin que la mano se le vea. Sí. Es así. Esa misma mujer de la que una vez te conté me ha sorprendido… ¿pero quieres saber algo más?: ella lo ignora.
Anoche he subido a la terraza y me he puesto a contemplar el cielo. Aquí hace frío, ya te lo he contado en otras cartas. El invierno se está volviendo más crudo. Los días se han acortado en demasía, pero aun así me gusta contemplar el cielo nocturno y pensar en nada. En la terraza me he encontrado con un grafiti, de esos que escriben los jóvenes cuando quieren expresar sus pensamientos e ideas y comunicárselo a medio mundo. El grafiti rezaba: “el amor es efímero”, y ha sido para mí un verdadero cachetazo en la noche helada. Mis ojos se llenaron de lágrimas que contuve con el pañuelo que me habías regalado para mi último cumpleaños.
Es que esa volatilidad del amor es tan real, tan palpable, que odiaría que se presente entre nosotros… ¿Dónde estás?, ¿dónde estuviste anoche? Necesitaba tú abrazo, y tú mirada. Esa mirada que lo entiende todo y aplaca la bronca y calma las fieras. Bajé después de medianoche de la terraza. Tomé un par de copas de whisky y me tiré en el sofá a escuchar música a bajo volumen. Hay demasiada soledad en los mundos minúsculos. Tanta que a veces quisiera desaparecer…
¿Dónde estás?...
Yo.
(Imagen de im-buni )
martes, 24 de julio de 2012
#15: "El suave oleaje del recuerdo"
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Unknown
Querida tú:
Hay días, como el de
hoy, que despierto pensando en los distintos caminos que he tomado a lo largo
de mi vida. No puedo decir cuál ha sido correcto y cuál no, pues debería
haberlos tomado a todos para poder
sentenciar ese veredicto. Supongo que puedo decirte que he tomado los que en el
preciso instante que se mostraron ante mí decidí eran correctos, ¿pero serían
realmente los correctos?...
No lo sé.
Es que hay días que
mi subconsciente juega con mi consciencia, los escucho correr por los pasillos
de la memoria, por los toboganes de mi corazón, reír a mis espaldas, cuchichear
cerca de mis sienes, y sé que traman cosas, o bien confabulan, como tripulantes
de un viejo barco ansiosos por una revuelta, por tomar por completo el barco.
Son estos días, tal como te he contado, que miro mi vida hacia atrás, observo
los pasos, las decisiones, los aciertos, los errores, las trampas, y me digo a
mí mismo que lo voy logrando, que no ha sido tan difícil, pero que tampoco fue
fácil.
Y hoy me encuentro
aquí, en esta cama, analizando mi vida, pensando que acabo de despertar y no
estás a mi lado, que la cama es gigantesca, que el silencio es atroz, que hay
momentos en la vida de un hombre que preferiría no vivirlos, tan solo
saltearlos, evaporarse y materializarse en otro sitio con tal de no soportar el
dolor que se siente cuando la soledad te estruja el corazón, cuando los colores
ocres de la vida tiñen los pensamientos y muestran a la perfección lo que
podría ser y no fue.
Aún conservo el
viejo cuadro que pintaste. Está ahí, justo sobre la vieja cómoda, con sus
colores intactos y esa escena, tan humana, tan sentida, reviviéndose día a día
ante los ojos que han llegado a verla. Ayer ha venido la vecina del octavo piso,
me ha traído un par de camisas y pantalones, aludiendo que pertenecían al
difunto de su marido y que yo, como soy casi de su talla, podría usarlos, y
ella al verme con esa ropa se sentiría feliz y a la vez lo recordaría más
vívidamente. He aceptado el obsequio por cortesía, pero no creas que un
escalofrío no me ha corrido por la médula. Observo esa ropa doblada
cuidadosamente sobre la silla y pienso en el hombre que las usaba, en las
decisiones que supo tomar en vida, en cuánto de su impronta iluminó a este
mundo. En algún punto todos teñimos con nuestro color interno éste mundo. Dejamos
en él rastros inconfundibles de nuestro paso, de nuestra toma de decisiones, de
nuestros actos. Tú lo has hecho con este cuadro que observo cada mañana al
despertar. Hay mucho de ti en él. Desde la suavidad del oleaje hasta la
rompiente de piedras, atravesando el caserío lejano, y el sol pálido ¡Realmente
estabas inspirada cuando lo pintaste! Parece mentira que ya han pasado tantos
años. Si lo vieras… seguramente una lágrima te afloraría. Los recuerdos tienen
mucho poder, tanto que a veces usan más filo que un cuchillo para cortarte en
dos.
Me pregunto si aún pintas, si habrá nuevos cuadros colgados en otras paredes,
si alguien más se despertará al igual que yo observando una de tus pinturas.
Siempre creemos que somos únicos y que solo nosotros podemos vivirlo de ese
modo, ¡pero nada más equivocado, querida mía! Solo somos ese pequeño grano de arena,
en una playa solitaria dentro de un vasto mar, en un universo infinito.
Seguramente habrá otra pintura, otros ojos, y otro corazón que la observe. Y es
que eso pertenece a uno de esos caminos con los cuales hoy me desperté analizando,
caminos que uno decide recorrer y a veces en vez de acercar te alejan de la
gente que amas. Heme aquí, en esta vieja cama, con el corazón arrugado de
melancolía, con el recuerdo de tus manos pintando sobre el lienzo, de la
postura de tú cuerpo frente al bastidor, de tú silencio de artista magnánimo.
Quisiera cerrar los ojos y verte en esta misma habitación pintando, esbozando
con colores ese mundo que tus ojos miran y que tú espíritu representa sobre la
tela, pero no me es posible, pues ambos elegimos caminos distintos y no sé si
algún día volverán a fusionarse…
Aunque tal vez..
Yo.
(Imagen: Sicca )
martes, 12 de junio de 2012
#12: Receptividad
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Unknown
Querido(a) Tú:
Hace mucho no te escribo unas letras, sé que no tengo justificativo, pero tampoco es malo que el tiempo haga jugar nuestra mente, enrosque los sentimientos y movilice los escombros de los recuerdos. Creo que en cierto punto me gusta ese juego. El problema es cuando se vuelve adicción. Si eso pasa enseguida la rutina se convierte en esa mantaraya que todo lo cubre, todo lo atrapa. Claro que no quiero caer en eso contigo, tampoco es mi modelo a seguir el hacerte partícipe en un juego como el que acabo de describirte. Créeme, tan solo me ha sido imposible comunicarme.
A veces nos convertimos en presos del destino. Esclavos fieles acatando órdenes sin siquiera preguntarnos por un instante el porqué, la causa, el origen de nuestras acciones. Y es asi como me siento ahora que escribo esto. No te he olvidado, pero el destino a veces juega dentro de mi memoria, flanqueándome el paso, cerrándome cavernas, y evaporando recuerdos. Sé que lo hace, y sé por qué lo hace ¿Alguna vez te ha pasado?, me refiero a sentirse asi, un tanto ultrajado por su manipulación inescrupulosa, por sus juegos para nada risueños, por su modo a veces tan inhumano de movernos en su tablero de ajedrez. Si no lo has experimentado deseo fervientemente que jamás lo haga, pues no es para nada feliz vivenciarlo.
Por aquí han llegado los primeros fríos, la parte más dura del otoño, la que nos va preparando para recibir por completo al invierno. Se nota en los árboles, en la desolación de las plazas, en el abrigo de las personas en las calles, en los atardeceres tempranos y sombríos. Siempre me has dicho que tengo cierta receptividad, y últimamente lo estoy reconociendo en mí. Lo que antes era una sensación extraña que me llevaba a conocer más profundamente a una persona ahora se ha transformado, o mejor dicho se ha expandido, y me permite observar más detenidamente el mundo que me rodea, todo lo que circunscribe mi diario trajinar. Y me gusta. Es como usar unos anteojos especiales, que son capaces de ver lo invisible a los ojos de los demás, así, tal como le explicaba Saint-Exupéry a su personaje de ficción.
Ayer me he sorprendido caminando nuevamente por la fría capital. Recorrí varias cuadras mezclándome con el gentío, observando lugares que hicieron parte de mi historia de vida, viendo escenas fantasmales que en su momento de vivencia fueron gloriosas y emotivas. En cada rincón percibía un guiño del destino y otro del tiempo. Así, entre esos vaivenes, me sorprendió el atardecer temprano de Junio. Al regresar observé la fachada del edificio. Se veía sombría, helada, tal como la noche que se avecinaba. Y es dentro de este departamento donde encuentro la paz necesaria para jugar con las letras, ordenarlas, y decir con la yema de mis dedos lo que mi boca no puede y mi mente grita a rabiar. Tal vez nunca aprendí a comunicarme de otro modo; o tal vez sí, y el modo sea éste, uno perfecto, capaz de dirigir los hilos necesarios para que mi marioneta interior gesticule y comunique, grite y llore, ría y se entristezca. En un abrir y cerrar de ojos todos en algún momento deseamos y debemos comunicarnos. Hacemos un simple “clic” o un gran “crack”, y es ahí en donde se inicia el bendito proceso de evacuación interior, de la emanación del flujo continuo de esa voz interior que nos invita a expresarnos y a vivir la vida del mejor modo que imagines y deseemos.
Quiero decirte que acortaré los tiempos de comunicación, que ya no tendrás que esperar tanto, que si en algún momento pasa un día de más no desesperes, que yo sigo aquí, como siempre, siendo esa misma persona de mirada triste y pensamientos filosos, de carácter fuerte y mente inquieta.
Será un invierno crudo. Lo presiento.
Yo.
(Imagen: pintura de Jorge Rodríguez-Gerada )
Yo.
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martes, 1 de mayo de 2012
#11: Otoño
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Querido(a) Tú:
Hay días que extraño momentos vividos en mi pasado. Sucede
rara vez que algo así me pase, pero cuando los recuerdos me sobrevienen
entonces me pierdo en ellos, me olvido de lo que me rodea, de que el mundo gira
en éste ahora, y hasta pierdo la noción del lugar donde estoy. Los recuerdos me
llenan de nostalgia. Sana nostalgia. Sin embargo, por lo general, me roban una
sonrisa escueta y triste, como añorando con mucho ahínco aquellos momentos,
aquellas personas o lugares por los cuales mi vida transitó.
Quisiera poder, de ser posible, extraer de mi mente
las imagenes, vivencias, sonidos, sensaciones, que viví a pleno en esos
recuerdos. Poder mostrártelos, decirte: «¿Ves?, en ese preciso momento fui
felíz», pero no es tan simple. Solo uno mismo puede ver esos momentos,
revivirlos y darles el suficiente valor emotivo hasta el punto de que la piel
se te erice y el corazón se ponga al galope. Si tal vez para los demás solo sean
imagenes incongruentes, sonidos molestos, vivencias superfluas. El mundo no es
igual para todos, lo sé, de a poco lo he aprendido.
Hoy he recordado un barrio, allá en la capital. Una
tarde, un otoño. Me veo caminando por ese barrio de casas coloniales en un
atardecer de otoño, los árboles agitándose por el viento sur, hojas amarillas
cayendo por doquier, automóviles que pasan velozmente por el pavimento,
personas que desconozco que caminan presurosas huyendo de la noche fría que se
avecina. Y estoy allí, felíz, sintiéndome extraño por esa felicidad, algo que
no comprendo y que sé que ha comenzado a gestarse en mi interior,
delicadamente, sin freno, desbordante, cargado de exaltación. Ahora sé que ha
sido la gestación de un bonito recuerdo, el increíble acto de un momento de mi vida que se guardaría para
siempre en la memoria y sería revivido de vez en cuando para cargarme de nostalgia
y felicidad.
Seguramente tú también tendrás recuerdos así, en donde
la nostalgia y la emotividad avanzan, te atropellan sin pedir permiso, e
imponen sus condiciones, a veces tiranas, a veces benévolas. Es ahí, en esos
recuerdos, en donde uno siente que ha vivido, que pudo transitar la vida sin
perdérselo todo, que al menos algo invisible al resto de las personas fue
captado y atrapado por nuestros sentidos para sentirnos vivos y que el pasar
por la vida no fue en vano. Era otoño. Lo recuerdo perfectamente ¿Será por eso
que amo tanto esa época del año? Tal vez...
Yo.
martes, 24 de enero de 2012
#7: Tras la lluvia
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Querido(a) Tú:
Hoy ha llovido. Poco, pero lo hizo. Apenas comenzaron a caer las primeras gotas me apresuré a sacar una silla y sentarme en el umbral de la puerta a ver llover. Primero llegó
el viento, bajando la temperatura de este verano desquiciado, y luego ese olor a tierra mojada que antecede a la lluvia lo impregnó todo, primeramente mis sentidos.
Te reirás seguramente, yo lo hice, me reí como un tonto, pero al momento de percibir ese olor característico a tierra mojada recordé mis primeros años viviendo solo, allá,
en la estepa del tiempo. Mientras me sonreía pensaba lo metódica y chiquilina que es la memoria. Hace lo que quiere con nosotros. Atesora y muestra cuando se le da la gana. Es como un niño que juega a las escondidas, cuenta
hasta cuando se le da la gana y desenmascara a los escondidos a su antojo.
Aquellos fueron lindos años. No sé si alguna vez te conté. Tal vez sí, tal vez no... es que el tiempo pasa tan rápido. Y hablando del tiempo y de cómo se esfuma ante nuestros
ojos, hoy me he acordado, como te decía, de aquellos años de universidad, de soltería empedernida, de aprendizajes forzosos, de melancolía abarrotada, de desarraigo profundo. Entre tanta vorágine de sensaciones y remembranzas
aparecía aquella chica de la cual jamás te hablé. No por que me olvidara de su existencia, no. Tan solo por que yo había decidido que jamás volvería a traerla a mi presente. Es que soy de esos hombres que tapan el pasado
como el perro al hueso que entierra. De los que dan la vuelta a la hoja del libro cuando están seguros que lo que han leído y vivenciado es justo y suficiente y ya no hay necesidad de volver la página para recordar. Siempre
he sido así, creo que lo sabes.
Y ahí estaba la imagen de esa chica y su modo peculiar de entrelazarse con mi vida. Con la mirada perdida en los charcos que la lluvia formaba en el patio de luz, su imagen
se acrecentaba y se hacía palpable más y más en mi memoria. Sus ojos, su pelo, su voz, sus gestos. La visión que me sobrevino de ella me causó distintos efectos, algunos tan oscuros como las nubes que se cernían sobre
la casa. No obstante, aplicando el filtro que los años dejan en el interior de uno, obtuve un par de escenas vívidas en las cuales considero que fui feliz. Porque después de todo, de eso trata la felicidad, ¿no?, de una
concatenación de hermosos momentos.
Llovió hasta el atardecer. Y yo me mantuve ahí, sentado, viendo llover sin casi ver. Es increíble cómo la melancolía te aborda en cuestión de segundos cuando los recuerdos
te bombardean. Los días grises son especiales para ello. Se aprovechan de las cuestiones atmosféricas y ponen a prueba ciento por ciento tus sentimientos. Cuando al terminar la tarde la lluvia cesó, un arcoirís cruzó
la mitad del cielo perdiéndose en el caserío detrás de la ruta. Un rayo de sol penetró las nubes grises y rápidamente el viento veraniego perforó algunos nubarrones y se llevó a otros. Ya todo había terminado. Con
las nubes se fueron también los recuerdos. Tan solo quedó el olor a tierra mojada, a plantas regadas, a vergel saciado, a naturaleza satisfecha.
Metí la silla dentro y caminé hacia el patio. Recorrí la huerta. Admiré los tomates, los pimientos, el nogal. Y allí, casi jugando contra el horizonte, el sol terminó poniéndose
y con él un día que hacía tiempo ya había vivido.
Yo.
martes, 3 de enero de 2012
#6: La libertad de los peces
Publicado por
Unknown
Querido(a) Tú...
Era cerca de las dos de la tarde cuando estando en esa playa de Brasil vimos al niño jugando en la arena, ¿lo recuerdas? Tenía una palita plástica de color amarillo, un balde
color azul, y un flotador cilíndrico alrededor de su diminuta cintura. Vos mirabas el mar, yo miraba al niño. Había algo en él, creo que la poderosa sensación de libertad, que me atraía, como una gigantesca espiral,
y me mantenía en vilo, observándolo. Siempre he sentido una envidia sana hacia ese tipo de libertades. Aún hoy, ya adulto, trato de mantenerla, que siga estando dentro de mí, que no fallezca, que no se esfume, que siga
ahí, agazapada, y se haga presente cada vez que la invoco.
Al volver de la playa lo hicimos por una de las calles que sale directamente hacia el centro de la ciudad. No avanzamos ni cien metros que me detuve frente a la vidriera de un
acuario, y me puse a contemplar una pecera con escalares, cíclidos y besadores. Me miraste sin entender en demasía. No te escuché, te lo juro, en el momento que me preguntabas algo. Después reaccioné, justo cuando volviste
a preguntarme de nuevo.
—Pobres peces, ¿no estarían mejor en el mar? —preguntaste sin mirarme.
—No, acá son felices, es donde nacieron y viven. A veces la felicidad se construye donde uno habita —respondí.
Recuerdo cómo miraste entonces la pecera. La forma que tus labios tomaron, cómo tus ojos comenzaron a brillar. Supe que entendiste lo que había querido decirte. Seguimos caminando.
Acomodaste el bolso en tú hombro, yo las esterillas debajo del brazo. No hablábamos casi.
Al llegar al departamento que habíamos alquilado te desnudaste para ducharte. Te sentaste al borde la cama y me pediste que te pusiera crema en la espalda, pues el sol te había
flechado duro. Lo hice. Puse un poco de crema en mis manos y comencé a acariciarte la espalda y enseguida me sobrevino la visión del niño jugando en la playa, construyendo su maltrecho castillo de arena, su lucha interminable
con las olas, su esfuerzo en función de un objetivo.
—¿Qué pasa?, ¿por qué te detenés?, no lo hagas... por favor... -dijiste con voz queda.
Entonces me di cuenta que aquello que en aquel momento me atrapaba en pensamientos tal vez te lo estaba transmitiendo con mis caricias, a través de tú espalda, atravesando
tú esqueleto, metiéndolo de soñador caradura en tú corazón.
Yo.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
#5: ¿Por qué te gusta la noche?
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Querido(a) tú:
Esta noche tengo ganas de responder a tú pregunta...: ¿por qué te gusta la noche?
Y es tal vez algo más simple de lo que te imaginas. Disfruto más de la noche que de la luz del día, y no es que odie los rayos de sol, no, solo que en la noche mi cuerpo armoniza y siente mucha paz. También me gusta oír los susurros de los que lloran en los callejones y poder acompañarlos cuando puedo, ver por las ventanas a las madres callar a sus hijos hambrientos y dormirlos, llegando así a cierta paz entre la densa oscuridad, o ver a los viejos vagabundos aferrarse a sus refugios y prepararse para iniciar el camino del sueño.
Cuando las noches son frías, el descenso de la temperatura me une aún más conmigo mismo. Busco posición fetal, cierro los ojos, y me auto completo, me siento un punto en el universo.
Las noche me gustan, sí. Me hacen sentir vivo. Hacen que mi consciencia me abandone por unas horas y caiga en esos mundos imaginarios y soñados, que pueda vivir vidas que no son mías, que pueden sentir cosas que tal vez jamás sentiría aquí, en la Tierra de los vivos.
Yo.
martes, 27 de diciembre de 2011
#4: Libres y distintos
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Querido(a) tú:
Recuerdo un día que estábamos vos y yo sentados frente al lago. No hablábamos, tan solo mirábamos el agua, los árboles, la gente caminando en los alrededores ¿Lo recordás?,
tal vez sí. Fue ese mismo día que después de aquel silencio te dije que ya no creía en que la gente podía cambiar, que algunos podían hacer el intento, pero que a la larga la esencia de su espíritu los volvería a esa
realidad que de algún modo los aprisiona. Aún siento cómo tus ojos me miraron y me hostigaban a cambiar de idea, de pensamientos. Pero sabes como soy: o puedo ser muy abierto y flexible o el más cerrado de todos. En aquel
momento fui el más cerrado de todos, y creo que aún lo soy con respecto a ese tema.
La gente no cambia. No puede cambiar. Lo intenta. Mejora sus versiones; pero en definitiva no cambia. Es como agarrar un pedazo de madera e intentar pulirla y darle cierta forma.
Poco a poco la madera tomará la forma y se irá pareciendo a otro objeto, ¡pero jamás dejará de ser madera!. La gente es igual, al menos en mi mundo, con mis ojos, se lo ve así. Sin embargo algunos pueden pulir su personalidad
y parecer distintos, incluso arriesgando a usar la palabra «cambiados».
Hoy me he acordado del día en el lago y de tú mirada, y creo que es porque el modo en que me mirabas -como intentando cambiar mis ideas- me hacía pensar que estabas tan seguro(a)
de conocerme que te jugabas la vida que cambiaría de idea. Pero ¡no!, si lo recuerdas, tan solo volví a mirar hacia el lago, hacia los pinos del fondo, sin tocar el tema.
Te podría decir que tampoco yo termino de conocerme nunca. Hay días que me sorprendo de mí mismo, de las miserias que me afloran, o de las figuras de florete que mi lengua
dibuja para aplicar en situaciones de diálogo con otras personas. Soy como una «Caja de Pandora» en constante cambio, como un viajero en universos paralelos, como una célula en pleno acto reproductivo. Pienso que quisiste
atraparme, saberte seguro(a) de que con tú mirada mi pensamiento se amoldaría, pero no, no fue así, ni mi pensamiento ni yo somos esclavos, todo lo contrario, siempre somos libres y distintos.
Yo.
jueves, 22 de diciembre de 2011
#2: Insomnio
Publicado por
Unknown
Querido(a) tú:
En las noches de calor que este verano se trae bajo el brazo dormir se torna un tanto fastidioso, me exaspera y me llena de pensamientos la cabeza. Por más que mis ojos permanezcan
cerrados y exista oscuridad reinante en la habitación mi cabeza, como muchas veces suele hacerlo, sigue trabajando y trabajando, como un minero concentrado en su tarea dura, monótona y pesada.
Los pensamientos parecen por momentos dominarme, llegando hasta el punto de ser un preso incómodo al cual lo obligan a ver lo que no quiere ver. Pero no siempre es tan así.
Hay noches que los mismos pensamientos tocan puntos que no desean y me incitan a escribir. Sí, a escribir. Y son ellos los que despiertan las famosas musas, los que le dan vida a los personajes, los que inician la trama o
escena de una determinada historia; y cuando eso sucede quedan presos, asfixiados, sorprendidamente jodidos.
He pensado también al cerrar los ojos cuántas personas sufrirán de este tipo de insomnio en los edificios de los alrededores. Cuántas historias más similares a la mía habrá.
O tal vez sea a mí solo a quién le pasa. Después de todo imaginar que somos una isla en la vasta soledad del mar no es algo malo. Hacerlo de vez en cuando nos permite sentirnos únicos de una manera distinta. Creo que nunca
te conté que a veces me siento así, único. Pero bueno, eso será tema de otra carta... sí, para otra carta...
Yo.
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